El reciente informe de percepción ciudadana de Cartagena vuelve a poner sobre la mesa un debate que no podemos seguir postergando: ¿cómo medimos realmente la gestión pública? Porque lo que se presentó no son indicadores objetivos de avance, sino percepciones, estados de ánimo, impresiones que dependen del momento y del entorno mediático.
La diferencia es sustancial. Un indicador objetivo es verificable: cuántos kilómetros de malla vial se han reparado, qué porcentaje de escuelas se han modernizado, cuántos parques se han recuperado, cuántos niños reciben alimentación escolar o cuántos adultos mayores cuentan con atención digna. Son cifras que se constatan en el terreno, no en una encuesta.
En cambio, la percepción depende de lo que la gente siente en un instante y es subjetivo: si acaba de sufrir un atraco, la inseguridad parecerá desbordada; si estuvo atrapado en un trancón, la movilidad será pésima; si las noticias nacionales hablan de crisis hospitalaria, la salud se percibirá como el mayor problema.
El riesgo es evidente: la percepción se convierte en un espejo distorsionado, moldeado por redes sociales y titulares, que puede variar de un día para otro. Así, mientras un alcalde muestra cifras objetivas de ejecución, la confianza ciudadana puede desplomarse porque la encuesta refleja estados emocionales más que realidades verificables. No se puede medir la gestión de una administración preguntando únicamente por satisfacción o insatisfacción; se mide con resultados concretos, con obras, con servicios, con vidas mejoradas.
Cartagena necesita superar la dependencia de informes basados en percepciones. Es hora de exigir cifras claras y medibles: cuántas vías nuevas, cuántos colegios intervenidos, cuántos niños vacunados, cuántas madres atendidas, cuántos espacios públicos recuperados. Lo que se mide es lo que se controla, y lo que se controla es lo que garantiza continuidad y transparencia. Seguir atrapados en encuestas de percepción es seguir mostrando una carta ajena, una fotografía subjetiva que no refleja la realidad de la gestión.
La ciudad merece un sistema de evaluación serio, basado en indicadores objetivos, que muestre lo que realmente se está haciendo y lo que falta por hacer. Solo así podremos hablar de progreso con fundamento y no de percepciones pasajeras.
No podemos olvidar que las encuestas de percepción, además de reflejar estados de ánimo pasajeros, también pueden responder a lineamientos políticos y convertirse en herramientas de influencia en el marco de las elecciones del próximo 8 de marzo. Por eso, más que nunca, es necesario que la ciudadanía exija indicadores objetivos y verificables y los medios están en la obligación de brindarlos porque a eso están llamados. Lo anterior para que la evaluación de la gestión pública no quede subordinada a intereses coyunturales ni a percepciones manipulables.
