Es interesante recordar que cuando esta administración asumió, lo primero que se estableció fue un plan de choque para atender lo urgente: tapar huecos, reparar semáforos, limpiar canales y reforzar la seguridad en las playas. Hoy nadie habla de semáforos dañados, de inundaciones por canales obstruidos ni de vías intransitables. Esos problemas quedaron atrás porque se resolvieron con eficacia y compromiso.
En el caso de las garitas, todos sabemos que su función es estar en la arena, a metros del agua, vigilando el horizonte para salvar vidas. Por eso, cuando el mar de leva golpea con fuerza, es natural que una estructura instalada hace años, con bases sencillas en la arena, pueda venirse abajo. No es corrupción, no es mala obra: es la fuerza de la naturaleza actuando sobre un elemento que, por definición, debe estar expuesto al mar.
Convertir la caída de una garita en escándalo político es un despropósito. En otras ciudades, las marejadas arrasan barrios enteros, casas completas. Aquí, una estructura vieja cedió ante el oleaje y será repuesta. Eso no puede ser excusa para denostar, ni para alimentar discursos de odio que ya no motivan a nadie. Cartagena está en otra dinámica: la de la transformación, la unión y el progreso.
La ciudadanía merece que concentremos la energía en lo importante: las grandes obras, los triunfos recientes, las oportunidades que se abren. Una garita caída no detiene a Cartagena. Lo que sí la impulsa es la visión de seguir construyendo una ciudad mejor, más segura y más orgullosa de sí misma.
