En el foro Semana convocado en Bogotá, el alcalde Dumek Turbay dejó claro que Cartagena atraviesa un momento de inflexión. Su intervención no fue un simple balance de gestión, sino un llamado a la conciencia colectiva: la ciudad no puede seguir siendo conformista ni resignada a la inercia del pasado.
Durante décadas, la ciudadanía se acostumbró a mirar hacia otro lado, a aceptar el deterioro como si fuera inevitable, y a confundir símbolos de poder con verdadera gobernanza. Ese silencio nos llevó a la ruina.
Hoy, sin embargo, se abre un nuevo camino. El gobierno local ha decidido pensar en grande, romper con la tradición de proyectos pequeños e inconclusos, y asumir que el desarrollo no depende únicamente de las transferencias de Bogotá. Con un plan de desarrollo ambicioso, Cartagena ha fortalecido su catastro, dinamizado el ICA, gestionado un empréstito con la banca multilateral y emprendido la recuperación de impuestos con transparencia.
Lo más importante: la ciudadanía empieza a ver que sus aportes sí se traducen en obras, en infraestructura social, vial y de espacio público que dignifican la vida urbana. El cambio no es solo material, es cultural. Se ha despertado un ánimo positivo, una confianza renovada en que la ciudad puede avanzar por sí misma.
En apenas dos años ya se perciben transformaciones, y si este proceso se mantiene durante una década, Cartagena podrá consolidarse como epicentro de desarrollo regional. El mensaje es contundente: sí podíamos solos, sí hay manera de hacerlo.
Celebramos la claridad con la que se expuso la verdad en Bogotá y la valentía de un gobierno que decidió dejar de llorar por lo que no llega y empezar a construir con lo que tenemos. Cartagena está demostrando que el progreso no se mendiga, se gestiona con visión, con grandeza y con la participación activa de su gente.
