Por Danilo Contreras

Cualquier conciudadano que haya dedicado un momento de reflexión a la manera como se hace la política en Colombia, sabe y comprende que una de las causas de la descomposición del quehacer público y la ausencia de legitimidad del congreso y en general de las corporaciones de elección popular, radica en la manera como se estructuran las listas de los partidos y en cómo estos entregan sus avales.

La amarga experiencia indica que las listas a corporaciones públicas se estructuran como micro empresas electorales integradas por clanes fundados en lazos de familia o de negocios turbios en los que prima el egoísmo y el afán de convertir la contratación estatal en una fuente ilícita de enriquecimiento particular. A eso van a los cargos, por regla general los aspirantes, a enriquecerse personalmente y a mantener los privilegios que sostienen un régimen de desigualdades.   

La consecuencia es lógica: Desprestigio de las instituciones, corrupción generalizada y fraude a los anhelos y esperanzas de las bases populares qué caen por una u otra razón en la trampa que les tienden habilidosamente los políticos en trance de elección. No representan a nadie, se representan ellos personalmente y a las castas que les ayudan en la elección.

En este desolador contexto, esta semana se ha producido un hecho político inédito, audaz e innovador en la política colombiana: El movimiento político Pacto Histórico integrado por líderes de izquierda, liberales, socialdemócratas, independientes y de centro han logrado, luego de agitada y franca deliberación, edificar por consenso la decisión de dar paso a una lista cerrada que permita la llegada al Congreso de la República de representantes encarnados en la causa de las mujeres, afrocolombianos, indígenas, jóvenes, ambientalistas, campesinos, víctimas del conflicto armado, empresarios, intelectuales, LGTBIQ y en general la diversidad de corrientes que tienen vida y se mueven en la sociedad colombiana, para contribuir a la recuperación de la democracia perdida en el mar encrespado y oscuro de un régimen que desato la violencia para acallar los reclamos por justicia social.

En alguna oportunidad leí en un bello libro del viejo Séneca, que “nunca por el llano se llega a la cumbre” y que para alcanzar los ideales estamos llamados a transitar caminos escarpados. Para hacerlo es preciso tener audacia y un sentido de innovación, que en mi concepto, es la palabra clave de los tiempos modernos, a efectos de superar la grave crisis que la pandemia, la pobreza generalizada, la falta de oportunidades y el cambio climático nos imponen como colectividad.

Es una apuesta arriesgada la que asume el movimiento Pacto Histórico, si se considera que trastoca las costumbres clientelistas egoístas de la vieja y dañada política nacional. Se unen, no alrededor del interés de apostar a que nombres o personajes son capaces de arrumar votos para lograr una curul que le dé presencia a una organización política en el congreso, sino alrededor de una idea genuina de transformación real del sistema económico, social y político de la nación. Se unen alrededor de la idea de dar voz legitima a las causas plurales de quienes han sido excluidos, de quienes de veras interpretan el clamor de lo más esencial de los intereses de las comunidades. Se unen para construir una fuerza popular que sea capaz de recuperar los valores de la democracia real que ha sido destruida en la práctica por un régimen opresivo y violento que ha sustentado su permanencia en el engaño, la demagogia y el uso indiscriminado de la fuerza.

En Cartagena y Bolívar existe una masa crítica inmensa de ciudadanos y ciudadanas, dispuesta a emprender el camino del cambio real y profundo que la sociedad reclama para iniciar un periodo de concordia y de paz, que deje atrás, definitivamente, las páginas manchadas de sangre de una historia que no nos enorgullece como nación. Expresión de esa masa crítica, poderosa y vivaz es la votación por el voto en blanco en los comicios regionales de 2019 (quizás el más reflexivo de los votos) equivalentes a 199.359 sufragios a gobernación, la segunda votación luego de la del gobernador electo, y sorprendentes 61.250 votos en blanco a la alcaldía que se posicionaron como la tercera votación en los pasados comicios en el distrito. Nadie les pago para salir a votar de esa manera, esos conciudadanos los hicieron en ejercicio pleno de su autonomía y su pensamiento crítico.

Pero antes, en 2018, candidatos alternativos como Gustavo Petro, obtuvieron en las elecciones presidenciales 303.351 votos de ciudadanos cartageneros y bolivarenses que siguen allí, dispuestos a ser la fuerza que alimente las energías del cambio.

El mensaje es claro. Es preciso elaborar listas que correspondan a un discurso de inclusión de los sectores sociales, políticos y económicos que luchan por oportunidades, por garantías de libertad y pluralismo, y por justicia social que se conviertan en leyes en el Congreso de la República. La fuerza de nuestros conciudadanos está allí como un león impetuoso en reposo, dispuesto a dar la batalla democrática con valor.       

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