Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Renace la rivalidad. Y cuando en la Costa Caribe colombiana se habla de béisbol y de rivalidades, no se alude únicamente a un cruce de novenas en un calendario: se convoca a la historia, a la identidad y a una pulsión social que ha acompañado a generaciones enteras. Cartagena y Barranquilla vuelven a encontrarse frente a frente, esta vez con Tigres de Cartagena y Caimanes de Barranquilla, reactivando un pulso que estuvo “quieto en primera” durante años, pero jamás extinguido. Esta rivalidad nació en los torneos nacionales de béisbol, en los años 70, donde los bolivarenses podían perder con cualquier equipo menos con Atlántico, era un sacrilegio, era algo que no se podía concebir.
Cartagena es territorio de béisbol por herencia, por clima y por cultura. Desde los muelles, los barrios y los patios escolares, la pelota caliente se convirtió en lenguaje común. En ese contexto, la rivalidad Cartagena–Barranquilla no nació del capricho deportivo, sino de una competencia histórica entre dos ciudades portuarias que han disputado liderazgo económico, cultural y simbólico en la región. El béisbol fue —y sigue siendo— un espejo de esa disputa fraterna. Aunque en los últimos años Barranquilla ha dejado de ser beisbolera, todavía hay un gran número de fanáticos que no quieren perder la tradición del béisbol.
Los más añosos aún evocan aquella final memorable entre Olímpica de Barranquilla e Indios de Cartagena, cuando los cartageneros lograron imponerse en la llamada Puerta de Oro de Colombia, derrotando a un rival poderoso y con respaldo empresarial. Aquel episodio no fue solo un resultado deportivo: fue una afirmación identitaria, un “aquí estamos” que resonó en barrios, esquinas y tertulias.
Desde una lectura sociológica, las rivalidades deportivas cumplen una función esencial: canalizan tensiones, ordenan emociones colectivas y refuerzan el sentido de pertenencia. En Cartagena y Barranquilla, el béisbol ha servido como ritual de cohesión social. El hincha no solo apoya a un equipo; defiende una manera de hablar, de celebrar, de entender la ciudad. Cada victoria se siente como triunfo propio; cada derrota, como herida compartida.
En ese renacer hay que reconocer el respaldo institucional y la confianza política en el proyecto deportivo. Gracias a Dumek Turbay, quien ha creído en este grupo de cartageneros que hoy están sacando la casta por su ciudad y su región, entendiendo que el béisbol no es solo entretenimiento, sino tejido social, identidad y orgullo colectivo. Ese apoyo resulta clave para que la rivalidad vuelva a tener escenario, narrativa y futuro.
La consigna es clara y directa: apoyar al equipo yendo al estadio. No basta con la nostalgia ni con el recuerdo glorioso; el béisbol se defiende con presencia. Llegue temprano, haga parte del ritual, porque todo indica que habrá lleno hasta las banderas. Este martes 13 de enero, en Barranquilla, no se jugará solo un partido: se pondrá en escena una historia compartida que vuelve a latir con fuerza.
