Por Rubén Darío Rodríguez
Durante décadas, hablar de educación pública en Cartagena era referirse a desafíos históricos, brechas sociales y una lucha constante por alcanzar niveles de calidad comparables con los de instituciones privadas. Hoy, sin embargo, los resultados comienzan a contar una historia distinta. Una historia que no se construye con discursos, sino con indicadores, ascensos en las categorías de desempeño y oportunidades reales para miles de jóvenes cartageneros.
Los recientes resultados del desempeño institucional muestran una transformación que merece ser reconocida. Pasar de una sola institución educativa oficial en categoría A+ a cuatro planteles en la máxima clasificación académica no es un hecho menor. Tampoco lo es que veinte colegios hayan abandonado la categoría D, considerada durante años el gran símbolo de las dificultades que enfrentaba la educación pública distrital. Detrás de cada escalón ganado hay docentes mejor preparados, directivos comprometidos, padres de familia involucrados y una administración que decidió convertir la educación en una prioridad estratégica.
La gestión del alcalde Dumek Turbay comienza a reflejarse en indicadores concretos. La apuesta por mejorar la infraestructura educativa, fortalecer los procesos pedagógicos y acompañar permanentemente a las instituciones está produciendo resultados visibles. El avance de colegios como Soledad Román de Núñez y María Cano hacia la categoría A+, así como el fortalecimiento de instituciones en diferentes sectores populares de la ciudad, demuestra que la excelencia académica ya no es patrimonio exclusivo de unos pocos establecimientos.
Pero quizás el dato más esperanzador proviene de la zona rural. El ascenso de la Institución Educativa Tierra Baja a la categoría A rompe una barrera histórica y un paradigma profundamente arraigado: la idea de que la ruralidad estaba condenada a ocupar los últimos lugares en los indicadores de calidad. Hoy queda demostrado que cuando existe inversión, acompañamiento técnico y voluntad política, el lugar de nacimiento o residencia de un estudiante no determina su futuro académico. Tierra Baja envía un mensaje poderoso a Cartagena: la equidad educativa sí es posible.
Y lo más importante es que el proceso apenas comienza. La ciudad se prepara para recibir en diciembre dos de las obras educativas más importantes de los últimos años: la renovación integral de la Institución Educativa INEM y la entrega del moderno colegio de Parque Heredia. Estas infraestructuras representan mucho más que ladrillos y cemento. Son espacios diseñados para que miles de estudiantes cuenten con ambientes dignos, tecnología, laboratorios y escenarios adecuados para potenciar su aprendizaje.
La transformación educativa requiere tiempo, persistencia y visión de largo plazo. Los indicadores conocidos este año sugieren que Cartagena está transitando por el camino correcto. Falta mucho por hacer, sin duda, pero también sería injusto desconocer que la ciudad está viviendo uno de los mayores avances de su educación oficial en las últimas décadas. Cuando cuatro colegios alcanzan la excelencia, cuando la ruralidad rompe barreras históricas y cuando nuevas instituciones están a punto de abrir sus puertas, es evidente que algo está cambiando.
La verdadera revolución de una ciudad no ocurre únicamente con grandes obras urbanísticas o proyectos de infraestructura. Ocurre cuando un joven de un barrio popular o de un corregimiento encuentra en la educación las herramientas para transformar su vida. Si Cartagena logra consolidar esta tendencia, el mayor legado de la administración de Dumek Turbay podría no medirse en kilómetros de vías o metros de malecón, sino en miles de estudiantes que descubrieron que el talento no tiene estrato social ni dirección geográfica cuando existe una educación pública de calidad que les abre las puertas del futuro.
Y ahora cabe una pregunta para los eternos agoreros del fracaso, esos «boca de fab» o «boca de champú» que durante años insistieron en que la educación pública de Cartagena estaba condenada al rezago y que nada cambiaría. ¿Qué dirán hoy frente a cuatro colegios oficiales en categoría A+, frente al histórico ascenso de Tierra Baja como referente rural de excelencia y ante la reducción sostenida de instituciones en los niveles más bajos de desempeño? Los resultados son testarudos: hablan más fuerte que los prejuicios. La realidad demuestra que cuando existe liderazgo, inversión y una apuesta decidida por la calidad educativa, los estudiantes cartageneros responden y la educación pública se convierte en un verdadero instrumento de transformación social.
