Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Lo primero es agradecer que medios informativos como ESOVA mantengan abierto un espacio para el debate liberal clásico de las ideas en democracia. Un espacio donde la diferencia permite la coexistencia de puntos de vista críticos, unas veces coincidentes y otras opuestos, sobre la base de principios civilizatorios comunes, como lo es la libre y respetuosa expresión.
Ahora vamos al grano: la tan mentada polarización. Quizás el eje de todo este atasco, frustración y ansiedad que vive Colombia -y buena parte del mundo-. No obstante, tengo la impresión de que lo que ocurre es todavía más profundo: no se trata únicamente de una división política o ideológica, sino de un reordenamiento histórico más amplio, donde el diálogo entre opuestos, tal como lo conocimos, comienza lentamente a desaparecer.
Con la aparición de las redes digitales de información, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial, el fundamentalismo -cualquiera que sea- encontró las herramientas perfectas para penetrar mentes y grupos sociales con ideas latentes que hoy pueden ser identificadas y amplificadas con mayor facilidad, las 24 horas del día. La velocidad, el miedo, la reacción inmediata y la lógica de tribus terminaron reemplazando buena parte de la conversación pública.
En el mundo como lo conocimos había pocas voces legítimas: el gobierno, las cortes, el congreso, la prensa, los partidos, la Iglesia católica… instituciones que hoy atraviesan una crisis de credibilidad de carácter sistémico. Lo que existe ahora es un escenario de millones de voces y posiciones viscerales que se reagrupan en tribus. Algo que, en ciertos aspectos, recuerda dinámicas propias de la premodernidad.
En este proceso de reacomodamiento, las fuerzas en disputa ya no parecen buscar acuerdos, sino imponer nuevas reglas. Como ha ocurrido en otros momentos de transición histórica, será el poder -económico, tecnológico, cultural o político- el que determine, de forma temporal, el orden dominante, hasta que el péndulo vuelva a moverse una vez más.
En cuanto a Colombia, las tribus están midiendo fuerzas, se están dando duro. Cada una con el propósito de imponer sus reglas sobre la mesa.
Por un lado, Petro-Cepeda y el Pacto Histórico, tratando de imponer su proyecto mediante una constituyente a la brava combinando todas las formas de lucha entre las que están el uso del aparato estatal y los grupos al margen de la ley.
Por el otro (en la nada), un país de castas disfrazado de centro, que patalea hundiéndose en su propia mediocridad y en sus pobres resultados históricos.
Y por otro lado, el Tigre Abelardo y José Manuel Restrepo: una voz profesionalmente amplificada a través de las redes y toda suerte de manejos de la percepción política, que evoca las instituciones de antes, la Constitución que nos rige y un deseo mínimo de orden institucional.
El domingo próximo veremos cómo están las fuerzas de estas tribus en Colombia, con sus proxies internacionales (Estados Unidos, el Foro de Sao Paulo…), y cómo termina de reacomodarse el plano político nacional en el marco internacional.
De lo que sí estamos seguros es que quien llegue a ser Presidente va a tener que lidiar con la bomba fiscal, la crisis de seguridad, el deterioro del sistema de salud, la vulnerabilidad energética y el fracaso de las relaciones internacionales que deja este gobierno, que será tristemente recordado por su inmoralidad, su incompetencia y la erosión del Estado de Derecho.
Fue esa tribu de izquierda socialista, como se le conoce, la que ganó hace cuatro años después de capitalizar el estallido social. Una tribu que llegó al poder como se ganan hoy estas batallas culturales: dominando el algoritmo. Bien por esa tribu que, en su momento, se impuso bajo sus propias reglas.
No obstante, ahora viene la “manada”, como se conoce a la otra tribu, que tiene crecientes probabilidades de capitalizar el fracaso del gobierno Petro y ser elegida.
Cabe, por supuesto, la posibilidad de que la tribu hoy dominante se mantenga en el poder, por las buenas o por las malas. Veremos como se comporta el algoritmo de acá a la primera y segunda vuelta (si la hay).
Así funciona hoy buena parte de la política contemporánea: bloques emocionales alternándose el poder mientras el debate liberal clásico queda como lujo para medios y grupos privilegiados que aún tienen un pie en la civilización.
(* ) Magister Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
