Por Rubén Darío Rodríguez
Si la tierra se mueve, todos nos debemos mover por Colombia. Unidos por Colombia
En Colombia, la tragedia ha golpeado con fuerza a cientos de familias que hoy no piensan en ideologías, partidos ni divisiones políticas. El dolor compartido borra las fronteras de la polarización y nos recuerda que, en momentos como este, lo único que importa es tender la mano.
Las ofensas y los insultos pierden sentido frente a la necesidad de apoyo. Lo que se exige no son discursos vacíos, sino gestos concretos de solidaridad. Un abrazo, una donación, una palabra de aliento, una acción que alivie la carga de quienes atraviesan la tormenta.
La tragedia desnuda lo esencial. Somos un país que necesita aprender a mirarse como comunidad, no como adversarios. La empatía se convierte en el lenguaje universal, y la unión en la única respuesta posible.
La solidaridad no debería ser un gesto ocasional, sino un hábito nacional. Cada tragedia nos recuerda que la indiferencia es la peor forma de violencia, porque deja a las víctimas solas en su dolor. Cuando un colombiano extiende la mano, no solo ayuda a una familia, sino que reafirma la idea de que seguimos siendo un pueblo capaz de levantarse juntos.
Es en estos momentos donde se mide la grandeza de un país: no por sus discursos políticos ni por sus cifras económicas, sino por la capacidad de sus ciudadanos de ponerse en el lugar del otro. La empatía es la verdadera riqueza que nos puede salvar de la desesperanza.
Que la tragedia sea entonces un llamado a la unidad, a la construcción de un tejido social más fuerte y humano. Que no se quede en lágrimas pasajeras, sino que se convierta en un compromiso duradero de apoyo mutuo. Porque cuando la vida golpea, lo único que nos sostiene es la certeza de que no estamos solos.
Porque los buenos somos más. Y cuando los buenos se juntan, la esperanza se abre camino incluso en medio del dolor.
