Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Neurociencia, geopolítica y adaptación histórica en el siglo XXI
A propósito de la visita a Colombia de Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, y de la intención de los gobiernos de ambos países de recomponer una relación estratégica marcada en los últimos años por tensiones diplomáticas, comerciales y de seguridad, surge una pregunta que va mucho más allá de la coyuntura: ¿estamos pensando el mundo con las categorías del siglo XX o con las preguntas que exige el XXI?
Las naciones no tienen cerebro, pero sí desarrollan marcos mentales compartidos: formas colectivas de interpretar la realidad, establecer prioridades y responder a los desafíos de su tiempo. Como ocurre con las personas, esos marcos pueden quedar atrapados en la inercia o desarrollar una capacidad distinta: aprender, revisar sus certezas y cambiar cuando las condiciones históricas lo exigen.
En las personas, la capacidad del cerebro para modificar sus conexiones y aprender de nuevas experiencias se conoce como plasticidad cognitiva. En las sociedades podemos hablar, en sentido metafórico, de algo parecido: la capacidad de revisar las ideas con las que hemos interpretado el mundo y adaptarlas cuando dejan de ser suficientes.
Las sociedades rara vez fracasan por falta de respuestas. Fracasan cuando insisten en responder preguntas que el mundo ya dejó atrás.
Las preguntas de una época
Toda época tiene sus propias preguntas. Las sociedades prosperan cuando son capaces de reconocerlas antes que los demás. Decaen cuando permanecen ancladas en las preguntas del pasado.
Durante buena parte del siglo XX, el debate sobre el desarrollo giró alrededor de dicotomías que parecían suficientes para explicar el mundo: Estado o mercado, capitalismo o socialismo, izquierda o derecha, imperialismo o autodeterminación. Fueron preguntas legítimas para una época marcada por la Guerra Fría, la reconstrucción de Europa y la construcción del Estado de bienestar.
Pero esas preguntas ya no bastan para explicar, por sí solas, el mundo que estamos viviendo.
¿Cómo sostener sistemas de bienestar en sociedades que envejecen? ¿Cómo aumentar la productividad en economías basadas cada vez más en el conocimiento? ¿Cómo gobernar la inteligencia artificial? ¿Cómo preservar la cohesión social sin sacrificar competitividad? ¿Cómo ejercer soberanía en un mundo profundamente interdependiente?
Adaptarse sin renunciar
Estas preguntas apuntan todas en una misma dirección: la capacidad de una sociedad para revisar sus respuestas sin renunciar a sus principios.
Adaptarse no significa abandonar lo construido, sino preguntarse si aquello que funcionó ayer sigue siendo suficiente para resolver los problemas de hoy. Una sociedad madura no destruye sus instituciones cada vez que cambia el contexto; distingue entre los principios que debe conservar y las formas que necesita transformar.
El debate, por eso, dejó de ser exclusivamente ideológico para convertirse también en una discusión sobre capacidades: aprender, innovar, negociar, cooperar y conservar capacidad propia de decisión en un mundo en el que nadie puede decidir completamente solo.
De la autodeterminación a la autonomía estratégica
Algo semejante ocurre con el debate entre imperialismo y autodeterminación.
Fue una tensión central del siglo XX y sigue teniendo vigencia cuando una potencia intenta imponer condiciones, una relación internacional se vuelve asimétrica o la cooperación puede transformarse en dependencia.
Pero también aquí necesitamos actualizar la pregunta.
La autodeterminación del siglo XXI no puede reducirse al aislamiento de las grandes potencias ni a una soberanía encerrada dentro de las fronteras. Los países comercian, intercambian tecnología, enfrentan amenazas comunes, reciben inversiones y necesitan cooperar para resolver problemas que ningún Estado puede enfrentar completamente solo.
En un mundo interdependiente, ser autónomo no significa estar solo.
La pregunta contemporánea es otra: ¿cómo relacionarse con Estados Unidos, China, Europa o cualquier otra potencia sin convertir esas relaciones en subordinación ideológica? ¿Cómo negociar desde el interés nacional y no desde la dependencia? ¿Cómo convertir la cooperación internacional en una herramienta para aumentar las propias capacidades y no en una razón para renunciar a ellas?
La respuesta no es escoger entre aislamiento o sometimiento, sino construir autonomía estratégica: la capacidad de decidir, negociar, cooperar y cambiar de rumbo cuando las circunstancias lo exijan.
El caso colombiano
Esta discusión deja de ser abstracta cuando llega a la coyuntura colombiana.
Este episodio vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa nuestra historia: ¿cómo mantener una relación estratégica con Washington —necesaria en asuntos como seguridad, narcotráfico, comercio, migración y cooperación— sin que esa relación termine condicionando la capacidad de Colombia para definir sus propias prioridades?
La pregunta no significa romper con Estados Unidos. Significa algo más exigente: que una relación estratégica debería servir para aumentar las capacidades del país y no para sustituirlas.
Las voces que advierten sobre los riesgos de una relación asimétrica ponen sobre la mesa una cuestión más profunda: si la soberanía consiste únicamente en poder decir que somos independientes o, sobre todo, en tener las capacidades necesarias para actuar como tales.
La diferencia es sustancial.
Un país con pocas capacidades puede proclamar su autonomía. Un país que ha construido capacidades puede ejercerla.
Los modelos se pueden copiar; las capacidades se construyen
La paradoja es que, mientras muchas sociedades desarrolladas revisan críticamente los modelos que construyeron su prosperidad, en América Latina seguimos cayendo con frecuencia en la tentación de importarlos o traerlos del pasado como si fueran fórmulas definitivas.
El desarrollo nunca ha consistido en copiar instituciones, sino en comprender los principios que las hicieron exitosas y adaptarlos a cada realidad.
Una política pública, una tecnología, un sistema educativo o una institución no funcionan simplemente porque hayan funcionado en otro lugar. Detrás de ellos existen capacidades, conocimientos, reglas, personas y condiciones históricas que hicieron posible su éxito.
Los modelos se pueden copiar; las capacidades se construyen.
Un país puede importar una solución. Lo difícil es desarrollar la capacidad para comprenderla, adaptarla, ejecutarla y mejorarla.
(*) Magister en Asuntos Internacionales| Comunicador Social | Universidad Externado de Colombia
