Por Rubén Rodríguez
La campaña de Iván Cepeda ha jugado con un péndulo discursivo que desconcierta: primero la idea de una constituyente, luego el disfraz de “acuerdo nacional”, y finalmente el silencio estratégico cuando descubrieron que no sumaba votos ni entusiasmo. La propuesta, que en su origen buscaba ser bandera de transformación, terminó convertida en un lastre electoral. La ciudadanía, más preocupada por el día a día que por reformas abstractas, no encontró en esa iniciativa un motivo para respaldar al candidato.
Sin embargo, la historia no termina ahí. El presidente Gustavo Petro, durante su intervención en Barranquilla, dejó claro que la constituyente sigue viva en la agenda política y que, una vez Cepeda ocupe el Palacio de Nariño, el tema volverá a la mesa. Es decir, lo que hoy se oculta bajo el manto del “acuerdo nacional” podría mañana reaparecer con fuerza, demostrando que la campaña juega a la ambigüedad: a veces sí, a veces no.
La estrategia revela una contradicción peligrosa: se borra del discurso lo que incomoda en campaña, pero se promete retomar en el poder lo que se negó en la plaza pública. Esa doble narrativa erosiona la confianza y deja la sensación de que el electorado es visto como un público al que se le puede dosificar la verdad según convenga. En política, la credibilidad es un capital irremplazable, y cada vez que se manipula el relato, se pierde un poco más de ese valor.
La constituyente es un fantasma que se esconde en campaña y se anuncia en el poder. El “acuerdo nacional” es apenas un maquillaje retórico. La pregunta no es si habrá constituyente, sino cuándo y bajo qué condiciones se impondrá. Porque en este juego de “a veces sí, a veces no”, lo único seguro es que la propuesta nunca desapareció.
