NOTA EDITORIAL
Cartagena vivió durante cuatro años una administración que confundió la lucha contra la corrupción con el resentimiento, la autoridad con la arrogancia, y el gobierno con una guerra de insultos diarios. El exalcalde William Dau, en lugar de convertirse en el líder reformador que muchos esperaban, se transformó en un francotirador digital atrincherado en sus redes sociales, disparando contra todo y contra todos: funcionarios, concejales, periodistas, ciudadanos e incluso quienes alguna vez lo apoyaron.
Ahora resulta que en la ciudad, en lugar de estar pendientes de los proyectos, las obras y las comunidades, prima entonces para el exalcalde William Dau el mundo del detalle y lo glamuroso del mandatario. Se dedica a salir en los envivos como un supuesto experto en imagen, opinando sobre cómo se puede ver mejor el nuevo alcalde, en vez de reflexionar sobre cómo gobernar mejor. Su crítica reciente sobre las ojeras del actual mandatario no solo es mezquina; es también una confirmación de lo que fue su paso por la Alcaldía: una gestión centrada en lo superficial, el escándalo y la descalificación.
Lo que el exalcalde no comprende —o finge no comprender— es que las ojeras y las canas no son un defecto estético. Son, en muchos casos, la señal de un trabajo sin descanso, de jornadas extenuantes, de un compromiso 24/7 por resolver los profundos problemas que aquejan a la ciudad. Son huellas visibles de una entrega que no necesita luces ni filtros. Al contrario, son el testimonio físico de quienes están más ocupados gestionando que posando.
Mientras Dau hablaba con sus dientes podridos, Cartagena seguía sin drenajes, sin movilidad, sin planificación y sin infraestructura. Las escuelas públicas se caían, las trochas reemplazaban las vías, los barrios se inundaban, y la juventud quedaba sin oportunidades. ¿Dónde están los proyectos transformadores de su administración? ¿Dónde está la planeación estratégica? ¿Dónde están las soluciones reales? No existen. Porque su estilo de gobierno nunca miró más allá de la próxima pelea. Responde el mal estado de sus dientes a que andaba fumando desesperado sin saber qué hacer y viendo lejos.
El exalcalde, antes de dejar una ciudad con instituciones fortalecidas, entregó una administración debilitada, aislada y desmantelada. Se peleó con sus propios secretarios, abandonó el diálogo con el Concejo, atacó a los medios cuando le incomodaban, y convirtió la función pública en un monólogo vengativo. La consecuencia fue una ciudad paralizada, sin resultados y con un profundo desgaste institucional.
Lo que hoy queda claro es que William Dau no entendió la diferencia entre hacer control y ejercer liderazgo, entre tener buenas intenciones y tener la capacidad de ejecutar. Y en lugar de reconocer sus errores, se aferra a su papel de comentarista agrio, más preocupado por una arruga ajena que por los vacíos que dejó en la ciudad.
Cartagena no necesita más bufones digitales ni más administraciones centradas en el show. Necesita liderazgo, gestión, obras y resultados. Porque en esta ciudad no se trata de ojeras ni de sonrisas perfectas: se trata de transformar vidas. Y en eso, William Dau, fracasó estrepitosamente.

