Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Del silencio impuesto y la autocensura al desafío de la moderación democrática
De la mano de la pandemia llegaron los tapabocas y, con ellos, llegaron los tapadores de bocas. Unos más discretos, otros vehementes, lograron rápidamente que las ideas y estéticas fundacionales de Occidente comenzaran a ser arrinconadas contra la pared. Expresar ideales grecorromanos, judeocristianos e ilustrados; defender el Estado de derecho, la propiedad privada y la familia como institución básica de la sociedad lo volvieron, para muchos, motivo de autocensura y vergüenza.
Recuerdo cuando las narrativas progresistas, encendidas por el wokismo global acompañado del levantamiento social, imponían silencio a los valores tradicionales de Colombia. Siempre han sido pocos, pero muy ruidosos. Para entonces avergonzaban a quien defendía convicciones que durante décadas habían sido consideradas legítimas dentro de la democracia colombiana. El vandalismo y el matoneo pasaron de manifestarse en las calles y las redes a convertirse, para muchos ciudadanos, en una forma de entender la política y el ejercicio del poder.
El ascenso de Gustavo Petro representó la culminación de ese momento histórico. Con las banderas de Bolívar agazapando las del M-19, el pueblo y la paz total, la izquierda llegó por primera vez a administrar plenamente el Estado colombiano, incluidas las Fuerzas Armadas. Fue así como millones de personas depositaron en ese proyecto sus esperanzas de reivindicación social, transformación institucional y cambio político.
No obstante, la realidad terminó siendo más compleja que las promesas.
Los escándalos permanentes, las fracturas internas, las dificultades de gestión, la incertidumbre económica y los cuestionamientos a varias de sus principales apuestas fueron erosionando el entusiasmo inicial. Para muchos ciudadanos, el gobierno terminó simbolizando precisamente aquello que había prometido combatir.
Removió a la sociedad conservadora. Visibilizó sectores históricamente ignorados. Puso sobre la mesa debates que el país había postergado durante décadas. Y también decepcionó a buena parte de quienes esperaban resultados concretos. Enarboló banderas sociales que, a la luz de los hechos, terminaron traicionadas por la realidad de los hechos. Inmoralidad, indignidad e incompetencia son su lastre.
Por eso, a pocos días de una nueva elección presidencial, la pregunta no es solamente quién llegará al Solio de Bolívar. La pregunta es qué lección dejará este ciclo político.
La balanza se está inclinando -inevitablemente, por la fuerza del nuevo orden internacional- hacia la derecha. Y aquí aparece la gran advertencia.
Aquellos que fueron callados desde los años de la pandemia comienzan ahora a recuperar la voz. Y acá viene la dicotomía: ¿cómo mantener la voz sin que esa voz se vuelva estridente?
Ser silenciado se siente mal. Muy mal. Porque el matoneo siempre parece justificable cuando uno es quien lo ejerce, pero resulta inaceptable cuando uno es quien lo padece.
Después de años de sentirse ridiculizados, ignorados o estigmatizados, es natural que muchos experimenten una sensación de reivindicación. Recuperar la voz se siente bien. Muy bien. Sin embargo, precisamente en ese momento aparece la tentación del espejo: responder intolerancia con intolerancia, reemplazar una hegemonía cultural por otra y confundir una victoria electoral con una superioridad absoluta. La historia demuestra que esa es una de las trampas más frecuentes de quienes llegan al poder después de haber permanecido largo tiempo en la oposición.
Los tiempos políticos hay que saber leerlos. Si algo ha demostrado Colombia en los últimos años es que ningún proyecto político posee el monopolio de la virtud y ningún liderazgo está inmunizado contra la arrogancia del poder.
Por eso, la verdadera discusión no debería centrarse únicamente en si llega un gobierno de derecha libertaria o cualquier otra alternativa ideológica. La discusión de fondo es si queremos seguir depositando el destino nacional en figuras providenciales o si, por fin, vamos a fortalecer las instituciones.
Necesitamos un Estado donde no importe quién gobierne porque las instituciones funcionan; un Estado sustentado en el Estado de derecho, la rendición de cuentas, la austeridad, la profesionalización de la administración pública y la capacidad de entregar resultados. Necesitamos también una sociedad que escuche con madurez y comprenda que las diferencias políticas no convierten al adversario en enemigo, ni toda discrepancia en una ofensa.
Si la angustia de perder la democracia fue útil para inclinar la balanza hacia los valores tradicionales que muchos consideramos constitutivos de la identidad nacional, esperemos que no termine convirtiéndose en la repetición de la historia que parece terminar el 7 de agosto de 2026.
La autocrítica, la moderación y la austeridad siguen siendo las mejores consejeras de cualquier gobierno, porque la tentación del espejo siempre está ahí: convertirse en aquello que se combatió.
Colombia merece algo mejor que una nueva revancha política. Merece una democracia más madura y, quizás, la oportunidad de convertirse en una patria milagro en la que quienes recuperaron la voz no se la vuelvan a dejar quitar, o mucho menos volverla inaudible mediante narrativas estridentes y fallidas como la que emergió con fuerza durante la pandemia. Una verdadera peste que, después del tapabocas, ahora pretende incluso restringir el uso de prendas como la camiseta de la Selección Colombia.
(*) Magister en Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
