Por Danilo Contreras Guzmán
Diversas teorías políticas han intentado dar múltiples contenidos a la idea de democracia, al punto que tales concepciones rivalizan radicalmente en el terreno electoral.
Sea lo que fuere, incluso en estos tiempos en que los consensos son una especie rara, la mayoría de la gente, expertos o no, parecen coincidir en que el valor esencial de la democracia radica en respetar el voto de la mayoría ciudadana depositado en las urnas y que el cumplimiento de esta regla inviolable está en el manejo transparente y honesto del escrutinio de la votación. Es así de simple; bien sea en la Argentina de Milei, o en el Brasil de Lula. No hay espacio dentro de una democracia para la burla a la voluntad del pueblo depositada en las urnas.
Pues bien, más allá de las simpatías ideológicas de unos y otros, las evidencias parecen indicar que en Venezuela la voluntad electoral de las mayorías está siendo burlada. Y hago mía esta hipótesis considerando las sospechosas demoras del gobierno venezolano para dar a conocer a la opinión pública el minuto a minuto de los resultados; y muy especialmente por la versión informada de gobiernos como los de Brasil, Chile o México, a los que suma el gobierno colombiano y de los restantes países del hemisferio calificados como gobiernos de derecha, que han exigido auditoria pormenorizada de la votación en los recientes comicios del vecino país, sin una respuesta clara, coherente y sobre todo documentada.
Tales dudas han dado lugar a posiciones diversas y en no pocas oportunidades, a opiniones sorprendentes por lo descomedidas en nuestro país, viniendo de personajes que se suponen son orientadores de proceder político y de la opinión de la ciudadanía común y silvestre.
Pongo el caso del trino del doctor Ramiro Bejarano, un liberal radical y no dudo que un demócrata a carta cabal, quien llevado por el apasionamiento que al parecer contagian los influencers desde sus tik tok, expresó hace un par de días sobre la crisis venezolana: “Petro no puede guardar silencio frente al robo en Venezuela. Ante este atropello solo queda la insurrección…”. Nada que envidiarles a las proclamas de los sectores más reaccionarios del país que hace pocos años se propusieron una risible “campaña admirable” moderna para liberar a Venezuela del tirano sin parar en mientes en la satrapía que históricamente han ejercido en Colombia.
En medio de los traspiés domésticos, el Gobierno Nacional ante esta grave situación internacional ha sido acertado al optar por la moderación en vez de tomar partido por los llamados a la insurrección en casa ajena como los propuestos por importantes personajes.
Imaginemos que el Estado Colombiano se hubiese dejado seducir por los llamados al levantamiento, para no mencionar otros pronunciamientos del mismo o peor talante: Ninguno seria el papel que a estas alturas tendría Petro y otros presidentes de la región para intentar que la información electoral se haga pública en Venezuela y, sobre todo, evitar en lo posible, un derramamiento de sangre cuyas consecuencias serían imprevisibles no solo para el país vecino, sino para las naciones limítrofes y, quizás, con efectos geoestratégicas indeseables.
Viene bien ahora esa especie de ecuación que Byung Chul Han argumenta en su libro “Sobre el Poder”: “A mayor capacidad de intermediación, mayor poder”. En cambio cuando la intermediación se reduce a cero aflora la mayor violencia del poder. La pura violencia.
Justo allí es donde adquiere relevancia la diplomacia que tantos, con inocultable sectarismo y ausencia de sentido crítico, asemejan despectivamente con el adjetivo de tibieza, en una era en donde una nueva especie de trogloditas toma auge atizando guerras y salidas irreflexivas. La diplomacia les otorga ahora a los verdaderos estadistas el poder de la intermediación. Ojalá que el presidente Petro y sus colegas de Brasil y México, no sean inferiores al reto y logren una salida que le de nuevos aires a la democracia venezolana.

