Por Rubén Darío Álvarez

Mientras se establece la veracidad de la denuncia que, en las últimas horas, hizo el empresario belga, de ascendencia congolesa, Luc Gerard, respecto al restaurante Alma, del centro histórico de Cartagena, por presunta discriminación racista, cabe recordar que el caso se parece bastante al acaecido con las hermanas Acosta en una discoteca del barrio Getsemaní, hace más de diez años.

En esa ocasión las hermanas Johana y Rita Acosta Romero, cuyo caso levantó una intensa polvareda mediática en todo el país, relataron que llegaron a la citada discoteca con un grupo de amigas, quienes entraron sin ninguna dificultad, pero a ellas el portero les dijo que esperaran un momento porque el establecimiento estaba muy lleno.

Sin embargo, a los pocos minutos arribó una pareja de turistas blancos, quienes ingresaron sin ningún problema, a lo que las hermanas Acosta interrogaron al portero, quien les respondió que adentro se estaba realizando una fiesta privada, pero cuando le recordaron que ahí estaban sus amigas, a quienes nadie les había dicho que había tal celebración, el hombre se quitó la máscara.

Viéndose acorralado, no le quedó más remedio que revelar que la discoteca no permitía el paso de “personas morenas como ustedes”. Lo que vino después, como ya se dijo, fue profusamente difundido por los medios de comunicación locales y nacionales y provocó un lío jurídico que terminó en el cierre definitivo de la discoteca.

Lo mismo le sucedió a Luc Gerard y a su familia: el portero del restaurante Alma, después de haberles dicho a unos turistas blancos que ya les estaban preparando una mesa, le comentó al empresario belga que debía tener reserva y que no se admitía la entrada de personas en sandalias, aunque los clientes blancos también calzaban chancletas y camisetas sin mangas.

Tal como en el caso de las hermanas Acosta, las directivas del restaurante Alma también niegan la presunta discriminación y alegan que se trata de los códigos de vestuario que se reserva el local, pero quien haya vivido una situación similar sabe que el rechazo, el racismo y la discriminación se sienten en lo más hondo del ser, aunque el agresor utilice excusas sin fondo para ejercer su desprecio.

Fue eso lo que sucedió a las hermanas Acosta, y ahora a Luc Gerard y a su familia: los pretextos del portero no sirvieron para disiparles el presentimiento de que estaban siendo ninguneados por ser negros; y, tal vez, por no tener el aspecto de los extranjeros millonarios, que son la preferencia de los locales comerciales del centro histórico.

Tanto las hermanas Acosta como el empresario belga, por ser profesionales y conocedores de los derechos ciudadanos, tomaron cartas en el asunto y difundieron su caso a través de los medios que les fueron posibles en el momento, pero pensemos en la cantidad de personas que sufren a diario esos rechazos en Cartagena y en las ciudades más racistas de Colombia, pero se quedan calladas por no saber qué hacer ni a dónde dirigirse para exigir que se haga justicia.

Pensemos también en los negros cartageneros de décadas atrás, cuando las leyes colombianas no se ocupaban de casos de racismo o de cualquier tipo de discriminación, además de que los integrantes de las mal llamadas “etnias minoritarias” carecían de conciencia de clase y aceptaban como normal el que los supuestos blancos se creyeran con más derechos que ellos. Incluso, había negros que defendían la pretendida supremacía de los blancos, como consecuencia de la ignorancia, la comodidad o el arribismo.

Al igual que las hermanas Acosta, espero que Gerard y su familia lleven el caso a las autoridades correspondientes y no descansen hasta que se aclaren las cosas o hasta que al restaurante Alma se le aplique una sanción ejemplar. Sea cual sea el resultado, el racismo cartagenero seguirá su curso imperturbable, pero lo importante es no quedarse callado, sea quien sea el discriminador.

3 comentarios en «EL DESPRECIO SE SIENTE»

  1. Excelente tu comentario. En el Ministerio del Interior está el observatorio contra la discrinación racial y el racismo, allá se debe elevar la queja. Entre tanto, es importante tener en cuenta la Ley 1482 de 2011, que estable: Artículo 1°. Objeto de la ley. Modificado por el art. 1, Ley 1752 de 2015. Esta ley tiene por objeto garantizar la protección de los derechos de una persona, grupo de personas, comunidad o pueblo, que son vulnerados a través de actos de racismo o discriminación.

    Igual importancia tiene lo siguiente de la misma Ley: Artículo 134 A. Actos de Racismo o discriminación. El que arbitrariamente impida, obstruya o restrinja el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual, incurrirá en prisión de doce (12) a treinta y seis (36) meses y multa de diez (10) a quince (15) salarios mínimos legales mensuales vigentes.

    Lo que procede es una denuncia ante la Fiscalía General de la Nación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *