HISTORIAS DE MI ABUELO I
Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
En los montes viejos y huraños de Turbaco, donde la tierra huele a yuca recién arrancada y el viento trae noticias antes que los hombres, vivió un pariente remoto de mi abuelo llamado Miguel Marrugo Zárate, aunque nadie lo nombraba completo porque en esas tierras los nombres largos se desgastan con el tiempo. Para todos era simplemente El Mocho Marrugo.
Decían que era de mediana estatura, pero eso engañaba, porque cuando se paraba en mitad de la trocha parecía crecer como ceiba recién regada. Tenía una espalda ancha, cuadrada y brillante de sudor, semejante al radiador de una tractomula, aunque por aquellos años nadie en la comarca había visto una. Por eso algunos aseguraban que no era espalda sino una puerta de hierro que Dios le puso para que nadie lo tumbara.
Su brazo izquierdo era más corto que el derecho, defecto que en otros hombres habría sido motivo de pena, pero en Marrugo se volvió leyenda. Con esa mano desigual —seca, dura y nudosa como raíz de campano— tumbó, según juraba mi abuelo, a un toro cimarrón de un solo golpe en el hocico. El animal cayó de rodillas, miró al cielo como buscando explicación y desde entonces jamás volvió a embestir a nadie, al poco tiempo murió de tristeza.
Marrugo tenía pocas pulgas, y las pocas que tenía las mataba a manotazos. No permitía burlas, ni chanzas, ni sonrisas atravesadas. Si un hombre se reía muy duro cerca de él, Marrugo se volteaba despacio, lo miraba con unos ojos amarillos de candela vieja y preguntaba:
—¿La risa es conmigo o con el diablo?
Nadie contestaba dos veces.
Se cuentan más de veinte peleas callejeras ganadas por él, todas sin árbitro, sin campana y sin crónica escrita. Ninguna figura en las páginas del boxeo mundial porque los libros serios nunca han sabido registrar las trompadas dadas en las esquinas polvorientas ni los nocauts ocurridos al lado de una tienda fiada. En una ocasión peleó contra tres hermanos al mismo tiempo y terminó sentado en una mecedora, soplando tranquilo, mientras los tres buscaban sus dientes entre la arena.
Vivía solo en una finquita por la vía que hoy llaman Cañaveral, acompañado de diez perros más bravos que él. Lo extraño era que aquellos animales jamás ladraban cuando Marrugo llegaba; se cuadraban como soldados y agachaban la cabeza. Los forasteros decían que no eran perros sino almas castigadas que el Mocho había domesticado a punta de mirada.
Trabajaba la tierra desde antes del amanecer. Sembraba maíz, ñame, ají y silencios. Nadie sabía de novias, hijos ni mujer alguna. Hubo una viuda que quiso enamorarlo llevándole bollos de mazorca, pero Marrugo le devolvió la bandeja intacta y le dijo:
—Yo no sirvo para querer a nadie. Bastante trabajo tengo queriéndome a mí mismo.
Sin embargo, algunas noches se oía en la finca una voz cantando boleros desafinados. Mi abuelo aseguraba que era Marrugo llorando por dentro.
Lo más raro de su historia no fueron los golpes ni la rabia, sino el calendario. Nació un 13 de junio de 1918 y murió un 13 de junio de 1970. Amaneció ese día, ordeñó una vaca ajena que se había metido en su patio, le dio de comer a los perros, barrió el corredor y se sentó en una silla de cuero mirando el camino. Cuando el sol quedó encima del mundo, dijo:
—Ya vine hasta donde era.
Cerró los ojos y no volvió a abrirlos.
Tenía cincuenta y dos años. Mi abuelo repetía siempre, bajando la voz como quien revela un secreto:
—Y cincuenta y dos es múltiplo de trece. Ahí hay brujería o matemática, que vienen siendo primas hermanas.
Después de muerto ocurrieron cosas que nadie pudo explicar. Los diez perros desaparecieron sin dejar huella. En la tierra donde cayó su sombra no volvió a crecer maleza. Y durante muchos años, cuando algún valentón del pueblo se emborrachaba y amenazaba con pelear con cualquiera, se escuchaba a medianoche una trompada seca en alguna pared, como patada de mula, y el bravucón amanecía manso, pidiendo café y perdón.
Por eso en Turbaco todavía hay viejos que alzan el dedo cuando oyen hablar de hombres duros y dicen:
—Duros hubo muchos. Pero como el Mocho Marrugo… ninguno.
