EDITORIAL
El gobierno de unidad nacional que pidió en su discurso el presidente elegido Abelardo de la Espriella debe tener en cuenta estos casi 13 millones de colombianos que votaron por Iván Cepeda, personas que han sufrido la falta de oportunidades.
Los resultados electorales dejan una lección que Colombia no puede ignorar. Más allá de quién resulte vencedor o derrotado, el país está obligado a mirar con detenimiento dónde se concentraron los votos y qué mensaje están enviando millones de ciudadanos desde las regiones históricamente más golpeadas por la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades.
Es un hecho político de enorme relevancia que más de 13 millones de colombianos respaldaran la propuesta representada por Iván Cepeda y el proyecto político que ha liderado el presidente Gustavo Petro. Descalificar esa votación, minimizarla o atribuirla únicamente a factores ideológicos sería un error de análisis. Detrás de esos votos existe una realidad social que el país lleva décadas sin resolver.
Thomas Uribe, hijo del expresidente Uribe, lo reconoce el día de hoy:
Al observar los mapas electorales, resulta evidente que el mayor respaldo proviene de territorios donde persisten elevados índices de pobreza multidimensional, informalidad laboral, déficit de infraestructura, baja cobertura educativa y dificultades históricas para acceder a servicios básicos. En muchas de estas regiones, el Estado ha llegado tarde o simplemente no ha llegado.
La pregunta que debe hacerse la dirigencia nacional no es por qué millones de colombianos votaron de determinada manera. La verdadera pregunta es por qué, después de tantos años de crecimiento económico, todavía existen millones de ciudadanos que sienten que el progreso del país nunca llegó a sus hogares.
Las cifras oficiales muestran que Colombia sigue enfrentando desafíos estructurales. Aunque la pobreza monetaria ha disminuido frente a los peores años de la pandemia, millones de personas continúan viviendo en condiciones precarias. La informalidad laboral supera ampliamente el 50 % en numerosas regiones, mientras que amplios sectores de la población sobreviven con ingresos insuficientes para garantizar una vida digna.
Por eso, más que celebrar victorias o lamentar derrotas, el país debería asumir una reflexión profunda. La democracia no consiste únicamente en contar votos; también implica comprender las razones que los producen.
Quienes hoy celebran un triunfo electoral deberían hacerlo con humildad. Y quienes resultaron derrotados también deben reconocer que representan a millones de ciudadanos cuyas preocupaciones son legítimas. Ninguna democracia se fortalece cuando una mitad del país desprecia a la otra.
Colombia necesita crecer más rápido, generar más empleo formal, atraer más inversión y reducir con mayor eficacia la pobreza. Esas son las verdaderas tareas pendientes. Mientras esas asignaturas sigan sin aprobarse, continuarán apareciendo expresiones políticas que capitalicen el descontento social de millones de ciudadanos que sienten que han sido olvidados.
La soberbia nunca ha construido nación. La humildad, la empatía y la capacidad de entender el sufrimiento ajeno sí pueden hacerlo. Los más de 13 millones de votos obtenidos por el proyecto político de Cepeda no son simplemente una cifra electoral: son la expresión de una Colombia que sigue reclamando oportunidades, inclusión y una participación más equitativa en los beneficios del desarrollo.
Ignorar ese mensaje sería un error. Escucharlo con atención puede ser el primer paso para construir un país menos desigual y más unido.
