En Cartagena estamos viviendo un fenómeno curioso y, a la vez, revelador: la llamada crisis del éxito. Es ese momento en que la ciudad avanza tanto, que el mismo progreso genera nuevas tensiones. Se construye una vía y al día siguiente aparecen bloqueos porque otros barrios reclaman la suya. Se moderniza una escuela y de inmediato cientos de padres exigen lo mismo para sus hijos. Es la paradoja de que, cuando las cosas van bien, surgen más problemas porque todos quieren ser incluidos en el reparto de beneficios.
Este fenómeno no es exclusivo de Cartagena, pero aquí se siente con fuerza porque la ciudad está ejecutando obras de infraestructura que llaman la atención de propios y extraños. Calles, parques, colegios, hospitales: cada proyecto despierta entusiasmo, pero también ansiedad. La gente quiere resultados inmediatos y, en esa carrera, los reclamos se multiplican. Lo que debería ser motivo de orgullo colectivo se convierte en un campo de batalla de exigencias.
A esto se suma un nuevo tipo de oposición: los que critican antes de tiempo. Son los que protestan cuando la obra apenas va por la mitad, los que cuestionan la falta de andenes cuando todavía no se ha terminado la pavimentación, los que se quejan de la oscuridad cuando aún no se han instalado las luminarias. Es la impaciencia convertida en protesta, la crítica anticipada que no espera a ver el resultado final.
Y están también los enemigos del cemento, que pretenden ridiculizar el uso del material básico de toda infraestructura. ¿Cómo se construye una escuela sin cemento? ¿Cómo se levanta un hospital, una vía, un parque? Esa postura se ha vuelto insostenible y, más que crítica seria, se ha convertido en motivo de burla. El cemento no es un capricho: es la columna vertebral del progreso urbano.
Lo cierto es que Cartagena necesita serenidad. El gobierno está actuando con buena fe, con contratistas idóneos y con planeación suficiente para responder a las demandas ciudadanas. No todo puede hacerse al mismo tiempo, pero poco a poco se avanza. La crisis del éxito no debe ser vista como un obstáculo, sino como la prueba de que la ciudad está en movimiento, que las obras generan expectativas y que la ciudadanía quiere ser parte del cambio.
Cartagena merece debates serios, no protestas apresuradas ni críticas vacías. La paradoja del progreso debe asumirse con inteligencia: entender que cuando se ejecuta, siempre habrá más reclamos, pero también más resultados. La ciudad avanza, y ese avance, aunque genere tensiones, es la mejor señal de que estamos construyendo un futuro distinto.Editorial: La paradoja del progreso en Cartagena
