El viejo chiste del “con cara ganas tú y con sello pierdo yo” describe con precisión la relación entre el gobierno central y los territoriales. En teoría, debería existir cooperación y respaldo mutuo; en la práctica, las regiones trabajan solas y el centro se apropia de los resultados. Cuando una ciudad levanta obras con esfuerzo propio, el gobierno nacional las exhibe como logros de país. Pero cuando se le pide apoyo concreto, la respuesta suele ser evasiva, tardía o inexistente.
Cartagena lo sabe bien. El Canal del Dique, reclamado desde 2011, sigue paralizado por decisiones del centro. El aeropuerto de Bayunca, vital para el turismo y la conectividad, se demora en autorizaciones que nunca llegan. Mientras tanto, las obras locales —protección costera, infraestructura turística, proyectos sociales— son presentadas como banderas nacionales, aunque nacieron del trabajo de la ciudad y sus instituciones.
El desequilibrio no es solo financiero, también institucional. La seguridad, por ejemplo, depende de policías, jueces y fiscales nombrados por el gobierno central. Cuando la ciudad reclama refuerzos, la respuesta es silencio. Y si el alcalde insiste, se le tilda de problemático. Así, el centro gana siempre: se atribuye lo bueno y evade lo difícil.
Lo que debería ser una relación armónica se convierte en una disputa constante. El centro se queda con la narrativa, la región con la carga. Y mientras tanto, proyectos estratégicos se estancan, la confianza se erosiona y la ciudadanía percibe que gobierna un país donde las reglas del juego están hechas para que la periferia nunca gane.
La solución pasa por un cambio de enfoque: reconocer que las obras locales son patrimonio nacional, sí, pero también garantizar que el apoyo del centro sea real, visible y oportuno. Porque gobernar no es apropiarse de lo ajeno ni esconderse en la burocracia, sino construir juntos. De lo contrario, seguiremos atrapados en el mismo juego: con cara gana el gobierno central, con sello pierde la región.
