Nadie imaginó que aquel playón, que en 1920 comenzó a poblarse con esclavos libertos provenientes de palenques y desplazados que buscaban futuro en Cartagena, se convertiría en uno de los mayores tugurios de América. Rodeado por el puente del tren, el lago del Cabrero y la muralla de San Pedro Mártir, Chambacú fue creciendo con familias que llegaban de barrios erradicados como Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo, y más tarde con víctimas de la violencia política de los años 50. Llegó a albergar hasta diez mil habitantes, en condiciones de marginalidad y riesgo.
En 1971 se tomó la decisión de “erradicarlo”, dispersando a sus habitantes por sectores como Chiquinquirá, San Francisco, La Esperanza y La María. Sin embargo, la falta de un proyecto claro dejó el terreno a su suerte: ferias, circos, casetas y hasta caballerizas ocuparon el espacio, mientras nuevas oleadas de desplazados —incluidos migrantes venezolanos— volvieron a poblarlo. Chambacú se convirtió en un símbolo de abandono y desidia, un terreno marcado por la improvisación y la ausencia de planificación.
Hoy, esa historia se resignifica. La administración distrital ha decidido cerrar definitivamente el capítulo de la marginalidad y abrir otro de dignidad y futuro. El Nuevo Chambacú no es maqueta ni promesa: es obra concreta, bien planificada y ejecutada. Un complejo deportivo y cultural que eleva el índice de espacio público de Cartagena, que ofrece atención para animales, sitios de encuentro ciudadano y un corredor turístico que conecta el centro histórico con el Castillo de San Felipe y el Espíritu del Manglar.
De la exclusión a la inclusión, del abandono a la planificación, Chambacú se transforma en pulmón urbano y símbolo de esperanza. La ciudad recupera un terreno que fue herida abierta y lo convierte en escenario de convivencia y desarrollo. Que este nuevo espacio sea cuidado por los cartageneros será la mejor garantía de que la historia no se repita, y de que la ciudad pueda seguir respirando futuro.
El reto ahora es mantener viva la memoria de lo que fue Chambacú, para que las nuevas generaciones comprendan el valor de la transformación y la importancia de defender la dignidad urbana. Solo así, Cartagena podrá consolidar este espacio como un verdadero legado de resiliencia y progreso, un testimonio de que la ciudad aprendió de sus heridas y supo convertirlas en oportunidad.
