Poco a poco, Cartagena ha ido asimilando que el actual gobierno es un gobierno hacedor, de planes y realizaciones concretas, capaz de transformar la ciudad en tiempos récord. Lo que antes parecía imposible, hoy es visible en cada esquina: las obras, el orden, la limpieza y la movilidad son señales claras de que la ciudad está viviendo un proceso distinto, muy distante de la Cartagena que se había hundido en el abandono durante los últimos años.
Quienes regresan después de un tiempo fuera, o quienes visitan la ciudad con frecuencia, no dejan de sorprenderse y comentar en redes y medios lo cambiada que está Cartagena. La diferencia con el pasado es abismal: tras un periodo completo de cuatro años en el que no se invirtió nada y todo se deterioró, la ciudad quedó con una cara triste, marcada por la desidia. Hoy, en cambio, la gestión actual ha logrado en poco más de la mitad de su mandato darle un nuevo rostro, consistente y sostenido, que devuelve esperanza y orgullo.
No se trata solo de obras visibles, sino también de un estilo de gobierno que escucha y atiende. Las inconformidades se resuelven con rapidez, las solicitudes ciudadanas encuentran respuesta, y los conflictos —como el caso de la Cinemateca— se solucionan con diálogo y mesas de trabajo. Es un gobierno que transforma, que optimiza, que mejora, y que ha logrado que la ciudadanía empiece a acostumbrarse a un ritmo distinto: el de la acción y la solución.
Sin embargo, surge la gran pregunta: ¿cómo garantizar que todo este cambio se mantenga en el tiempo? ¿Cómo evitar que los parques vuelvan a deteriorarse, que las vías se llenen de huecos, que los semáforos se apaguen y que el brillo de Chambacú se desvanezca? La alcaldía ya prevé mecanismos de sostenibilidad, como la creación de una empresa pública o público-privada que asegure el mantenimiento de lo alcanzado. Pero más allá de las instituciones, la clave está en la ciudadanía.
Este es el punto culminante: Cartagena necesita que sus habitantes asuman el compromiso de cuidar la ciudad. El Estado ha hecho un gran trabajo y seguirá haciéndolo, pero solo con el amor y la responsabilidad de los cartageneros será posible mantener el esplendor recuperado. Llegó la hora de que cada ciudadano entienda que la ciudad es suya, que depende de ellos conservarla, y que el brillo que hoy se disfruta no puede volver a apagarse.
