Cartagena acaba de cerrar un capítulo histórico: después de 56 años de intentos, debates y tropiezos, se completó finalmente la reubicación de las familias que habitaban Chambacú. Desde los años 70, cuando se tomó la decisión política de erradicar el tugurio, hasta ayer, el proceso estuvo marcado por la falta de voluntad, la escasez de recursos y la limitada capacidad de construir vivienda social. Fue un camino largo, lleno de resistencias vecinales y precariedades, pero el objetivo se cumplió: no queda una sola casa por trasladar.
Este logro, aunque tardío, abre la puerta a nuevos proyectos urbanos en un terreno estratégico que ya se perfila como espacio público de valor para la ciudad. Sin embargo, la lección es clara: Cartagena no puede repetir la historia de Chambacú en otros sectores. Hoy, miles de familias siguen viviendo en condiciones similares: hacinadas en casuchas de cartón, en zonas inundables, en rellenos de ciénagas y orillas ocupadas de caños como Juan Angola o la Ciénaga de la Virgen.
La pregunta es inevitable: ¿vamos a esperar otros 56 años para resolver estas realidades? El reto es monumental y exige continuidad en los planes de gobierno, recursos abundantes y una planeación estratégica de largo aliento. No basta con despejar un terreno emblemático; se trata de conjurar una crisis estructural que compromete la dignidad de miles de cartageneros y la sostenibilidad ambiental de la ciudad.
Chambacú es símbolo de lo que se puede lograr con persistencia, pero también advertencia de lo que no debe repetirse. Cartagena necesita un plan integral que transforme sus barrios vulnerables en espacios de vida digna, que recupere sus áreas ambientales y que proyecte una ciudad moderna, inclusiva y resiliente.
El hito de ayer debe ser el punto de partida de una política urbana que no se detenga, porque el futuro de la ciudad no puede esperar medio siglo más. Programas como el realizado por el actual gobierno deben continuar, ya que han mostrado eficiencia, eficacia y rápidos resultados.
