Por Luis Adolfo Payares ALtamiranda/
Con la ayuda profesional del DR. Agustín Pérez Rivera MD Siquiatra Hospital Militar de Bogotá
Cartagena no fue, históricamente, una ciudad atravesada por la cultura de las barras bravas. Aquí, el deporte —particularmente el fútbol— se vivía más desde la pasión festiva, la identidad barrial y el disfrute colectivo que desde la confrontación violenta. Sin embargo, los hechos recientes alrededor del partido Junior vs. Palmeiras nos obligan a detenernos, observar y, sobre todo, reflexionar. Son fenómenos adquiridos desde otras fronteras, nacidas del microtráfico y desde la delincuencia común.
La difusión irresponsable de una noticia falsa —que aseguraba que un niño con camiseta del Real Cartagena había sido apuñalado— es algo que no hay que pasar por alto. En términos psicológicos, este tipo de información activa lo que se conoce como “respuesta emocional colectiva”: miedo, rabia, indignación. Cuando estas emociones se combinan con identidades grupales fuertes —como las hinchadas— el resultado puede ser explosivo, y se incluye todo esto en las redes sociales, el resultado fue lo que vimos.
En la era digital, la inmediatez le ganó a la verificación. Hoy, cualquier persona con un celular y acceso a redes sociales puede autodenominarse “medio de comunicación”, sin formación académica, sin ética periodística, sin responsabilidad social. Este fenómeno ha democratizado la información, sí, pero también ha abierto la puerta a la desinformación sistemática.
Desde la psicología social, esto se explica a través del concepto de “contagio emocional”: una noticia falsa, cargada de violencia, se viraliza rápidamente porque conecta con emociones primarias. No pasa por el filtro racional. No se contrasta. Se comparte. Y en ese proceso, se amplifica.
En una ciudad como Cartagena, donde no existía una tradición arraigada de violencia entre hinchadas, la introducción de narrativas agresivas —muchas veces importadas de otros contextos culturales— comienza a moldear comportamientos. Es lo que los psicólogos llaman “aprendizaje social”: las personas replican lo que ven, lo que consumen, lo que se legitima en el discurso público.
Cuando un portal sin rigor técnico publica una falsedad de alto impacto, no solo desinforma: construye realidad. Y esa realidad puede traducirse en acciones concretas. En este caso, la posibilidad de que una noticia falsa haya incidido en la muerte de un hincha del Junior no puede ser tomada a la ligera. Es una alerta roja.
Más grave aún es el vacío posterior: el niño no aparece, la madre tampoco. La historia se desvanece, pero el daño queda. Esto evidencia otro fenómeno psicológico: la “memoria emocional selectiva”. La gente recuerda el impacto inicial, no la rectificación (si es que llega a existir). La mentira deja huella; la verdad llega tarde.
Aquí es donde el análisis debe ser también humano. No se trata únicamente de señalar culpables, sino de entender la dimensión del problema. Estamos frente a una crisis de responsabilidad comunicativa.
El periodismo no es solo publicar. Es verificar, contrastar, contextualizar. Es entender que cada palabra tiene consecuencias. Que detrás de una noticia hay vidas, emociones, comunidades enteras.
Permitir que personas sin formación ni criterio manejen plataformas informativas es como dejar en manos inexpertas un arma cargada. Porque eso es hoy la información: un instrumento de poder capaz de construir o destruir.
Cartagena está en un punto de inflexión. O recupera el sentido ético de la comunicación, o se expone a que fenómenos ajenos a su tradición —como la violencia sistemática entre hinchadas— se normalicen. En esa normalidad no pueden caer medios de comunicación serios que con el silencio cómplice sigan aceptando estos hechos que enlutan nuestra ciudad. Amanecerá y veremos.

