Por Rodolfo Díaz Wright

Una de las cosas interesantes que se han visto en las primeras de cambio de este nuevo gobierno, fue la orden del presidente de la República y del presidente del Congreso, de retirar una infinidad de vallas metálicas, que se habían instalado alrededor del capitolio nacional y de las vías y plazas aledañas a la Casa de Nariño.

Estos bloqueos y prohibiciones que, según algunos ya llevaban bastantes años, se habían convertido en costumbre y símbolo velado de discriminación y poder, especialmente de nuestro estamento militar, quien, con el peregrino y arbitrario expediente de brindar seguridad, no encontraba otro fundamento diferente que el de señalar al ciudadano de a pie, como responsable de todos nuestros males y a quien había que apartar y detener, no solo con el deseo, sino con todo tipo de embelecos físicos.

No es raro el procedimiento “atarraya”, usado por el estado ineficaz, para resolver problemas creados por unos pocos: si tres bandidos generan inseguridad, entonces resolvamos el problema prohibiéndole el paso a todos. Si tres vergajos hacen trampa en la declaración de renta, entonces resolvamos, aumentándoles los impuestos a todos y si tres no respetan los límites de velocidad, entonces bajemos el límite a 30 y clavémoslos a todos.

Así es como se inicia la violación oficial de los derechos humanos, algo que luego se vuelve costumbre y lleva a locuras como la de que tengamos que pagar en nuestros recibos de energía, la que se roban algunos desgraciados, que tengamos que andar desarmados por orden oficial, mientras  a los hampones nadie les pone trabas para el ejercicio de su rentable profesión  y que el viaje a barranquilla que debería ser un paseo, se haya convertido en una desgracia de fotomultas y comparendos.

En buena hora se ordenó el retiro de vallas y barandas policiales en Bogotá, decisión que, esperamos, se aplique en general en todo el país, pero especialmente en La Heroica Cartagena de Indias, paraíso de la prohibición, el bloqueo, de las talanqueras y del “apártense vacas que la vida es corta.”

Poco a poco, nuestra policía metropolitana, que tiene gran aficion a la fabricación, conservación, transporte e instalación de vallas metálicas, ha ido llenando la ciudad de estos adefesios, hasta el punto de que hoy se encuentran arrumadas en casi cada esquina, para ser instaladas rápidamente y así economizarse el traslado. Casi cualquier actividad que se realiza en la ciudad, tiene como elemento central, la instalación de vallas que, con el pretexto de la seguridad, en realidad llevan el avieso propósito de la marginación, la separación y la discriminación.

No podía terminar esta columna sin recordarle a la Armada Nacional de Colombia en Cartagena de Indias que, desde hace varios meses, con el mismo panfleto de la seguridad, tiene bloqueada la Avenida de las Américas del barrio de Crespo, generando todo tipo de molestias y perjuicios a los residentes quienes de la noche a la mañana perdieron su derecho a la libertad de movilización, a la tranquilidad y a la dignidad humana, al ser sometidos a todo tipo de limitaciones, requisas, prohibiciones de parqueo y hasta de detenerse a mirar los aviones, debido a la existencia de una minúscula instalación militar dentro del barrio.  Será que tendremos que imitar al presidente Reagan cuando dijo: “Presidente Tumbe ese Muro”.

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