Por Rubén Darío Rodríguez
Cada primero de noviembre, Cartagena revive una de las tradiciones más hermosas de su identidad popular. Los niños recorren calles y barrios al grito de “Ángeles Somos”, tocando puertas con la esperanza de recibir una golosina, una fruta o cualquier muestra de generosidad. Es una celebración que, más allá de los dulces, habla de comunidad, de encuentro y de la voluntad de abrir las puertas al otro.
Y quizá esa tradición sirve hoy como una metáfora de lo que vive la ciudad. Porque los cartageneros también han tocado otras puertas durante años: las de las oportunidades, las de la inversión pública, las de las soluciones a problemas históricos y nunca se abrían. En los diversos sectores de la ciudad, esas puertas se abren hoy con obras que ya son visibles: vías recuperadas, parques renovados, hospitales en marcha, instituciones educativas intervenidas y proyectos que buscan transformar el rostro de Cartagena.
Como ocurre en toda gran celebración, nunca faltan quienes prefieren concentrarse en la sombra antes que en la luz. Hay quienes creen que basta con lanzar una bola de jabón al sancocho para arruinar la receta. Sin embargo, la transformación de una ciudad no depende de una sola voz ni de un ataque aislado. Depende de la suma de esfuerzos, de la confianza colectiva y de la capacidad de los ciudadanos para reconocer cuándo las cosas avanzan por el camino correcto.
Por eso no resulta extraño que los reconocimientos trasciendan las fronteras locales. Las gestiones impulsadas por el Distrito y el departamento han encontrado eco incluso en el Gobierno Nacional. Y siguiendo la metáfora popular, podría decirse que el presidente Abelardo de la Espriella probó el sancocho que hoy se cocina en Cartagena y en Bolívar, le gustó su sabor y decidió respaldar la receta.
Su apoyo a proyectos estratégicos para la ciudad ha sido una muestra de confianza en una visión de desarrollo que busca transformar la relación de Cartagena con su mar, sus barrios y su futuro. Cuando una ciudad y un departamento recuperan la capacidad de soñar en grande, las críticas dejan de ser obstáculos y se convierten en simples estaciones dentro del recorrido.
En este Ángeles Somos, Cartagena parece enviar un mensaje sencillo pero poderoso. La ciudad tocó una puerta y encontró respuestas en forma de obras, desarrollo y esperanza. Y a quienes todavía insisten en dañar el sancocho, vale recordarles la sabiduría popular de nuestros mayores: esta casa es de ají, donde viven los cujís. Porque cuando una comunidad decide avanzar unida, no hay bola de jabón capaz de dañar el sancocho ni de apagar el fuego de sus sueños e impedir que siga construyendo la mejor versión de sí misma.
