Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Una advertencia desde Roma
Hay un libro que retrata como pocos el proceso por el cual aquello que alguna vez floreció puede entrar en decadencia y finalmente caer. Se trata de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, escrita por el historiador británico Edward Gibbon y publicada entre 1776 y 1788. En ella, Gibbon examina la larga transformación de una de las grandes civilizaciones de la historia y las fuerzas que fueron debilitando su capacidad para sostenerse.
La lección de Roma no es que los imperios sean eternos. Es que ninguna construcción humana está a salvo de su propio deterioro. Por eso, una República no puede depender de la virtud de quien la gobierna: debe estar diseñada para resistir incluso cuando quien gobierna no tenga virtud suficiente.
No se trata, por supuesto, de decir que Colombia es Roma, ni de trasladar mecánicamente las circunstancias de un imperio de la Antigüedad a una República del siglo XXI. Son realidades históricas completamente distintas. Se trata de algo más sencillo: mirar ambos casos para preguntarnos qué ocurre cuando una construcción institucional comienza a perder, una a una, las capacidades que durante años le permitieron sostenerse.
Parafraseando a Gibbon, la pregunta que hoy enfrenta Colombia podría formularse así: ¿cómo pasar del declive y la caída al restablecimiento y la profesionalización del Estado colombiano?
Un diagnóstico para comenzar
El reciente Libro de la Verdad: Empalme de Corrupción 2026 ofrece un punto de partida para esa reflexión. El Gobierno entrante había preparado desde meses antes de la posesión un proceso de transición conocido como el “Arca de Noé”, con equipos organizados por sectores y dedicados a conocer la situación de las entidades y preparar las decisiones del nuevo Gobierno. El proceso fue presentado como un empalme con énfasis anticorrupción.
Ahora, ya en el ejercicio del Gobierno, ese diagnóstico permite mirar algo más profundo que una lista de posibles irregularidades: el estado de las capacidades con las que cuenta el Estado para cumplir su función.
Este artículo no pretende sustituir ese libro. Pretende hacer algo diferente: traducir su diagnóstico a una imagen sencilla y preguntarnos cómo evitar que un deterioro semejante vuelva a repetirse.
El Estado como un cuerpo
Imaginemos por un momento que el Estado es como su propio cuerpo. Durante años ha construido músculos, defensas, memoria y capacidad para reaccionar. Pero, como ocurre con cualquier persona, un periodo prolongado de malas decisiones puede debilitarlo.
El Libro de la Verdad identifica nueve comportamientos críticos. Podemos entenderlos como nueve señales de un organismo que ha perdido parte de su integridad.
Los síntomas de un Estado enfermo
1. Destrucción del rigor técnico/Perdió fuerza: Cuando se pierde el conocimiento y la experiencia de quienes saben hacer las cosas, el Estado se vuelve más débil y depende cada vez más de personas que llegan y se van.
2. Colapso de la capacidad tecnológica/Se afectó su sistema nervioso: Cuando los sistemas tecnológicos fallan, también falla la capacidad del Estado para saber qué ocurre y responder a tiempo.
3. Opacidad y distorsión de la información pública/Se alteraron sus signos vitales: Si la información no es clara o nadie la comprueba, es como tomarle la temperatura a un enfermo con un termómetro que no sabemos si funciona.
4. Parálisis operativa/Perdió capacidad de reaccionar: Cuando las decisiones se quedan detenidas, los trámites no avanzan y las soluciones no llegan, el Estado tiene los órganos, pero no consigue moverlos.
5. Captura contractual y concentración del poder operativo/Algunos órganos comenzaron a concentrar demasiado poder: Cuando siempre los mismos reciben contratos o controlan funciones importantes, el organismo pierde equilibrio y queda más expuesto a los intereses de unos pocos.
6. Expansión del riesgo litigioso: Empezó a gastar energía en sus propias heridas: Las malas decisiones terminan en demandas, sanciones y conflictos que consumen dinero y tiempo que deberían utilizarse para atender a la gente.
7. Pérdida de control territorial frente a economías criminales/Se debilitaron sus defensas: Cuando grupos criminales consiguen influir en territorios e instituciones, el Estado pierde capacidad para proteger a las personas y hacer cumplir las reglas.
8. Fragmentación del Estado y fracaso de la conducción estratégica: El cerebro dejó de coordinar bien el cuerpo: Cuando las instituciones no se hablan entre ellas, cada una hace una cosa distinta y el ciudadano termina dando vueltas de una oficina a otra.
9. Capacidad fiscal restringida/Le faltó energía: Cuando no hay suficientes recursos, el Estado tiene menos capacidad para atender las necesidades de las personas y cumplir lo que promete.
Estos problemas no aparecen solos. Como sucede con el cuerpo de cualquiera de nosotros, una enfermedad puede comenzar afectando una parte y terminar comprometiendo otras. Un Estado que pierde conocimiento técnico supervisa peor; el que supervisa peor puede contratar peor; el que informa mal puede decidir mal; el que decide mal puede terminar pagando más.
El verdadero problema
Por eso, la discusión no puede quedarse solamente en descubrir quién falló. Tampoco basta con cambiar funcionarios o reemplazar un gobierno por otro.
La pregunta más importante es otra: ¿qué defensas institucionales debemos reconstruir para que esto no vuelva a ocurrir?
Porque la corrupción no empieza necesariamente cuando alguien se roba el dinero. Puede comenzar mucho antes: cuando se debilitan los controles, cuando se pierde el conocimiento, cuando la información deja de ser confiable, cuando nadie sabe quién responde o cuando demasiadas decisiones quedan concentradas en pocas manos.
El peligro de depender de un solo hombre
Aquí aparece otra de las grandes lecciones de la historia.
Una República fuerte no es aquella que tiene un gobernante fuerte. Es aquella que tiene instituciones suficientemente fuertes para funcionar incluso cuando el gobernante se equivoca.
El poder concentrado puede parecer eficiente. Una sola persona decide, ordena y ejecuta. Pero esa misma concentración puede convertirse en una enorme vulnerabilidad cuando quien tiene el poder comienza a debilitar los controles que deberían limitarlo.
Un cuerpo sano no depende de que uno de sus órganos quiera convertirse en todos los demás. Necesita que cada órgano cumpla su función y que todos estén coordinados.
Lo mismo ocurre con el Estado.
La cura: profesionalizar
La profesionalización del Estado no es un asunto de oficinas ni de formularios. Significa construir instituciones que sepan hacer su trabajo y que puedan seguir haciéndolo cuando cambien los gobiernos.
Significa mérito para escoger a quienes toman decisiones. Conocimiento para no improvisar. Tecnología que funcione. Información que pueda comprobarse. Controles que no dependan de la voluntad del gobernante. Recursos bien administrados. Y servidores públicos capaces de conservar la memoria de las instituciones.
Significa, sobre todo, que el Estado no tenga que empezar de cero cada cuatro años.
Del declive al restablecimiento
El Libro de la Verdad puede ser un buen punto de partida si el diagnóstico no termina convertido en una colección de acusaciones, sino en una oportunidad para reconstruir capacidades.
Roma nos recuerda que las grandes construcciones también pueden deteriorarse. Colombia tiene la oportunidad de aprender una lección distinta: que reconocer el deterioro puede ser el primer paso para recuperar la salud.
Si Gibbon estudió el declive y la caída de Roma, Colombia tiene delante una tarea diferente: el restablecimiento y la profesionalización de su Estado.
Porque una República verdaderamente fuerte no es aquella que encuentra al gobernante perfecto. Es aquella que puede sobrevivir a uno imperfecto.
(*) Rodrigo Velásquez Ángel es magíster en Asuntos Internacionales | Comunicador Social de la Universidad Externado de Colombia.
