La campaña de Iván Cepeda atraviesa el terreno pantanoso del estancamiento. Los números de favorabilidad parecen congelados, y las estrategias recientes —ponerse la camiseta de la selección, saludar a la hija de Petro en público— revelan más desesperación que visión. Son gestos simbólicos que buscan humanizar, pero que no logran conectar con un electorado que exige propuestas claras frente a la crisis económica, la inseguridad y el desencanto institucional.
El problema no es la falta de gestos, sino la ausencia de narrativa. Una campaña no se sostiene en detalles anecdóticos, sino en la capacidad de articular un proyecto que convoque emociones y razones. Cepeda parece atrapado en la lógica de la “foto simpática”, confiando en que pequeños guiños puedan mover la aguja de la opinión. Pero el electorado colombiano, fatigado de promesas vacías y discursos repetidos, no se deja seducir por símbolos aislados.
Mientras tanto, su rival ha capitalizado ese vacío. Abelardo de la Espriella ha logrado instalar mensajes más contundentes, aunque polémicos generan conversación y debate. Cepeda se diluye en gestos que no trascienden la coyuntura mediática. El saludo a la hija de Petro puede ser un acto de cortesía, pero no construye confianza política; la camiseta de la selección puede despertar simpatía, pero no responde a la pregunta central: ¿qué ofrece distinto para gobernar?
La campaña necesita un giro. Sin propuestas que aterricen en la vida cotidiana —empleo, salud, seguridad, educación—, los símbolos se convierten en caricatura. El riesgo es que Cepeda quede atrapado en la imagen de un candidato que no logra encender la chispa de la esperanza.
Que quede claro, la política de las minucias no suma votos. El electorado espera liderazgo, no gestos superficiales. Si Cepeda no logra salir de ese laberinto, su campaña seguirá estancada en la irrelevancia. El estancamiento de Cepeda no es solo numérico, es también narrativo.
Una campaña que se limita a gestos simbólicos corre el riesgo de convertirse en un álbum de fotos sin contenido. La política exige relato, visión y capacidad de movilizar emociones colectivas; sin eso, los guiños se convierten en ruido de fondo. El electorado colombiano, marcado por la desconfianza y la fatiga, no busca un candidato que se vista de hincha ocasional, sino alguien que pueda responder a la pregunta esencial: ¿cómo mejorar la vida de millones de ciudadanos?
En este contexto, cada gesto vacío se convierte en un recordatorio del estancamiento. La camiseta de la selección y el saludo protocolario no son errores en sí mismos, pero sí síntomas de una campaña que ha perdido brújula. Si Cepeda no logra transformar la simpatía en propuesta, y la cortesía en liderazgo, quedará atrapado en la irrelevancia. Porque en política, las minucias pueden sumar simpatías pasajeras, pero nunca votos duraderos.
