Por Rubén Rodríguez
Tal vez por esos avatares y circunstancias de la vida, lo mío con la señora Sonia Bazanta, conocida como Totó La Momposina, fue un simple amor de estudiante que, por fortuna para mí, solo conoció un confidente.
El azar suele jugar con los pasos de quienes no sabemos que la vida nos tiene reservados momentos que serán imborrables. Cursaba cuarto semestre de comunicación en el Externado, y aquella tarde de martes, sin más plan que caminar con mi compañero Jairo Naranjo, descendíamos por la Carrera 12 con Primera rumbo al centro de Bogotá. El aire frío de las cinco de la tarde nos envolvía, y la ciudad no ofrecía nada nuevo.
Al llegar frente al Teatro Jorge Eliécer Gaitán, la sorpresa nos aguardaba en letras grandes: se presentaba Totó La Momposina. No lo pensamos demasiado. La juventud tiene esa osadía de que uno suele lanzarse sin cálculo. Entramos al teatro como quien se deja arrastrar por una corriente desconocida, sin sospechar que esa decisión marcaría un recuerdo que aún hoy late con fuerza en mi corazón
El telón se abrió y apareció ella, Sonia Bazanta, con su imponente presencia. Su voz era tambor y río, era raíz y viento. Cada nota de cumbia y bullerengue parecía atravesar el cuerpo, sacudir la sangre y despertar un orgullo que hasta entonces no había sentido. En ese instante, Totó no era solo una cantante: era la encarnación de un pueblo que se expresaba a través de su garganta.
Yo, estudiante curioso y aún ingenuo, quedé atrapado en esa energía. No era un amor romántico, ni siquiera un afecto cercano, sino un flechazo cultural, un enamoramiento de la fuerza de su arte. Totó se robó mi corazón porque me mostró que la música podía ser identidad, resistencia y belleza al mismo tiempo.
El concierto avanzaba como una fiesta colectiva. El público se levantaba de las sillas, palmas y voces se unían al ritmo de los tambores. Bogotá, tan distante del Magdalena, se transformaba por un par de horas en tierra ribereña. Yo miraba a Totó y pensaba que estaba frente a una mujer que no cantaba para entretener, sino para recordar a todos de dónde veníamos.
Al salir del teatro, la noche bogotana nos recibió con su frío habitual. Pero dentro de mí había quedado encendida una llama. Ese martes, sin proponérmelo, descubrí que la cultura podía enamorar tanto como una persona. Totó La Momposina se convirtió en mi amor de estudiante, un amor que no pidió nada a cambio y que, con los años, sigo guardando como una de esas historias que la vida regala para recordarnos que la belleza también puede ser destino.
Para Toto, La Momposina
