Es vergonzoso y decepcionante que todavía existan grupúsculos que intenten empañar lo que la gran mayoría de cartageneros celebra: la inauguración del Nuevo Chambacú. Un gobierno que escucha, que dialoga, que organiza mesas de trabajo y aplica recomendaciones viables, no merece que unos pocos desadaptados pretendan sabotear con protestas sin sentido obras que ya son realidad.
Lo ocurrido anoche lo confirma: mientras el 99.9% de la ciudadanía aplaude y reconoce este avance histórico, un minúsculo grupo se dedicó a montar un espectáculo de politiquería barata, buscando protagonismo en medio de la alegría colectiva. La violencia contra un brigadista y los intentos de desdibujar la inauguración son actos reprochables que revelan la incultura y el oportunismo de quienes añoran el desorden, la marginalidad y el caos porque allí medran.
Cartagena no puede permitir que unos cuantos indecentes pretendan arrastrar a la ciudad hacia el pasado de abandono y desidia. El Nuevo Chambacú es símbolo de brillo y esplendor, de autoridad y planificación, de un futuro que se abre con dignidad. La ciudadanía debe pronunciarse con firmeza: quienes sabotean el progreso no representan a Cartagena, representan únicamente la nostalgia por el caos.
El verdadero mensaje que deja esta inauguración es que la ciudad avanza pese a los intentos de sabotaje. Cada piedra puesta, cada espacio recuperado, cada cancha abierta es un triunfo colectivo que no puede ser opacado por la violencia de unos pocos. Chambacú es hoy un escenario de esperanza, un lugar donde la juventud y la comunidad encuentran oportunidades y dignidad.
Por eso, la respuesta debe ser clara: más participación, más unidad y más respaldo ciudadano a las obras que transforman Cartagena. El brillo y el esplendor del Nuevo Chambacú no se apagan con palos ni con gritos; se consolidan con la fuerza de una ciudadanía que defiende su derecho a disfrutar de una ciudad mejor.
