Cartagena tiene una historia que se cuenta no solo en murallas y plazas, sino también en sus cruces viales. Los llamados Round Point, que llegaron como un anglicismo derivado del francés y que aquí se latinizó hasta convertirse en “Romboy”, fueron durante décadas parte del paisaje urbano y de la vida cotidiana. Más que simples glorietas, eran puntos de encuentro, referencias de barrio y escenarios de protesta.
El primero y quizás más recordado fue el de La Esperanza, en la llamada Esquina Caliente, donde se cruzaban historias de vecinos, médicos y comerciantes. Otro, emblemático, estuvo frente al Cerro San Felipe, con su fuente que servía de baño improvisado para los jóvenes trasnochados. También marcaron época el de la entrada a Bocagrande con la estatua de Santander, el de la India Catalina y el de la Bomba del Amparo. Pero ninguno tan simbólico como el de las Botas Viejas, verdadero corazón de las movilizaciones estudiantiles y obreras, donde el grito “¡vámonos para las botas!” significaba bloquear la ciudad y reclamar derechos.
Con el tiempo, todos desaparecieron. Cartagena nunca aprendió del todo a usarlos: la prioridad del que circula dentro, la forma correcta de entrar y salir. Se reemplazaron por semáforos y cruces rígidos, y la ciudad perdió un elemento universal de movilidad que en otras partes del mundo funciona con naturalidad.
Hoy, la noticia es que el Round Point de las Botas Viejas volverá. No se sabe aún si las esculturas regresarán al mismo sitio, pero lo cierto es que la rotonda histórica será reinstalada. Es un gesto que recupera memoria y funcionalidad, pero que exige un reto inmediato: enseñar a la ciudadanía cómo usar un Round Point. No basta con reconstruirlo; hay que educar para que cumpla su propósito.
Cartagena tiene la oportunidad de reconciliarse con un símbolo urbano que alguna vez fue caótico pero profundamente suyo. Que el regreso de las Botas Viejas no sea solo un recuerdo romántico, sino el inicio de una cultura vial más ordenada, más consciente y más respetuosa. Porque las rotondas no son un capricho: son un lenguaje universal de movilidad. Y Cartagena, que aspira a ser ciudad moderna y turística, no puede quedarse sin hablarlo.
