El balance entregado por el Centro de Estudios Territoriales de la Secretaría de Planificación Distrital no admite discusión: cerca de 530 mil millones de pesos y casi 200 proyectos ejecutados en la Localidad 3, Industrial y de la Bahía. Una cifra inédita, un esfuerzo que impacta directamente a más de 350 mil habitantes, casi un tercio de la ciudad. Nunca antes una localidad había recibido semejante volumen de inversión, ni en dinero ni en proyectos, ni en transformación real de su entorno.
La magnitud de estas obras no se mide solo en cifras: se traduce en patrimonio recuperado, jóvenes con más optimismo, nuevas escuelas, mejores vías, parques y escenarios deportivos. Se traduce en salud, transporte digno y espacios de encuentro que fortalecen el tejido social. Es, en esencia, progreso tangible, transformación que se palpa en la vida cotidiana de miles de cartageneros.
Sin embargo, mientras la ciudad experimenta este cambio, buena parte de la opinión pública parece atrapada en lo irrelevante. Editoriales y foros se concentran en detalles nimios: un reloj atrasado en un parque, un semáforo faltante en una vía, un policía descortés en un operativo. Se levantan discursos cargados de adjetivos para cuestionar al alcalde por no pronunciarse a tiempo en un evento, mientras los grandes proyectos que cambian la vida de la gente pasan inadvertidos.
Es lamentable que la crítica se reduzca a lo accesorio y se ignore lo esencial. Que se privilegie la retórica sobre la evidencia, la anécdota sobre la transformación. Porque lo que está ocurriendo en la Localidad 3 es un síntoma claro de cambio, un indicador de progreso, un motivo de tranquilidad y, por qué no, de felicidad ciudadana.
Cartagena necesita que sus voces de opinión se eleven sobre lo trivial y se concentren en lo trascendental. Que se reconozca el esfuerzo de invertir como nunca antes en una localidad, que se valore el impacto positivo en la calidad de vida de miles de familias. Que la crítica sea constructiva y no mero ruido.
La ciudad se apropia de su destino y avanza hacia un futuro distinto. Ojalá los cartageneros lo interioricen, lo disfruten y lo defiendan, porque lo que está en juego no es un reloj atrasado, sino la transformación de su propia vida.
