Durante décadas, la organización barrial fue un desafío casi imposible. Convocar vecinos para discutir problemas comunes era una tarea ingrata: pocos asistían, menos aún querían asumir responsabilidades, y quienes lo hacían trabajaban en silencio, sin remuneración ni reconocimiento. El liderazgo cívico se sostenía en la voluntad de unos pocos, mientras la mayoría permanecía indiferente o exigente sin aportar.
Hoy, el panorama ha cambiado radicalmente. Las Juntas de Acción Comunal se han convertido en espacios de visibilidad y prestigio. Lo que antes era rechazado, ahora despierta una vehemencia inusitada: no basta con ser socio, muchos quieren dirigir, ocupar la primera fila, figurar. Este fenómeno ha traído consigo un resurgir del liderazgo comunitario, pero también tensiones y conflictos que incluso han obligado a suspender elecciones en algunos sectores.
La pregunta es inevitable: ¿estamos frente a un liderazgo genuino, nacido de la vocación ciudadana, o ante una competencia por poder, prestigio y posibles beneficios? La interacción con funcionarios, la exposición pública y la idea de influencia parecen haber transformado la percepción de estos cargos. Lo que antes era sacrificio, hoy se percibe como oportunidad.
Sin embargo, el riesgo es claro. Cuando la dirigencia se convierte en escenario de disputas, se pierde el sentido esencial de la acción comunal: trabajar por la comunidad, sin protagonismos ni intereses personales. El verdadero liderazgo no se mide por el cargo, sino por la capacidad de servir, de sumar voluntades y de construir soluciones colectivas.
La historia demuestra que quien quiere ayudar lo hace sin necesidad de títulos ni personerías jurídicas. La vocación ciudadana es espontánea, nace del compromiso y de la solidaridad. Por eso, más allá de la ansiedad por ocupar direcciones, lo que debe imperar es la voluntad sincera de aportar al bien común.
El reto ahora es que este nuevo fervor no se desvíe hacia la confrontación, sino que se encauce en proyectos legítimos, transparentes y participativos. Solo así las Juntas de Acción Comunal podrán ser verdaderos motores de cohesión social y progreso, y no escenarios de división.
