Por Danilo Contreras

Tal vez con un énfasis inapropiado, Eric Hobsbawn afirmó en su obra “La era de la revolución, 1789 -1848”, que “…el absolutismo terminó cuando Mirabeau, brillante y desacreditado ex noble, dijo al rey: ´Señor, sois un extraño en esta asamblea y no tenéis derecho a hablar en ella´”.

Se equivocaba. 235 años después, en pleno siglo de las disrupciones tecnológicas que suponían la fórmula para igualar a los seres humanos, el gobernador de California, Gavin Newsom, ha tenido que plantarse contra el presidente Trump por enviar tropas de la guardia nacional para reprimir, indiscriminadamente, a ciudadanos identificados como migrantes, alegando, sin fundamento, una ley de insurrección que le permitiría al presidente asumir control militar de un Estado de la Unión en casos de rebelión. “Usted no es un rey”, fue la acusación con que fulminó Newsom a Trump, para señalar su abusiva, ilegal y letal conducta.

Se sabe ya que los supuestos criminales a quienes persigue Trump, son anónimos jardineros, albañiles, carpinteros, agricultores, músicos callejeros, meseros y todo aquel que parezca un latino o extranjero en general, aun cuando sean ciudadanos americanos y pese a que hubiesen votado por él en las pasadas elecciones. Trump da nuevas muestras de que las reglas de la democracia le interesan un bledo y hace evidente que quiere ser monarca absoluto y levantar una nueva ola de cesarismos en el mundo convulsionado que nos toca.

Esa especie de narcisismo que posee el espíritu de algunos dirigentes modernos y los impulsa a imponer su egolatría y en ocasiones su mesianismo, no es exclusiva de los padecimientos que atraviesan los gringos; el fantasma del despotismo también amenaza la frágil idea de la democracia que nos legaron los pensadores de la ilustración y mucho antes, en la antigua Atenas, el gran Pericles, y ese espanto recorre de nuevo las costas, llanuras y montañas de América Latina.

El Salvador, Nicaragua o Venezuela, entre otras naciones, han sido doblegadas por líderes que en uso de enrevesados argumentos y por supuesto de fuerza brutal, lograron anular el legado de Rousseau o Montesquieu que pregona la democracia como antítesis de todo tipo de tiranía, a partir de la división y los límites al ejercicio del poder público. El legislador hace las leyes, el ejecutivo las hace cumplir y los jueces guardan con celo la Constitución y las normas jurídicas a través de sentencias imparciales; ese es el postulado que, como un evangelio laico, no ha sido superado aún por ninguna teoría política conocida.

Pero sucede que demasiados gobernantes del mundo viven aún bajo los paradigmas fallidos del siglo XX, atiborrado de aciagas tiranías y totalitarismo infernales, apurados en el afán egocéntrico de construir sus propios pedestales seudo épicos, para lo cual persisten en destruir la concepción de que el gobierno del pueblo se fundamenta en la voluntad popular expresada con la legitimidad de reglas consensuadas y no como una heteronomía sectaria.

Todo parece corromperse con la eficiente ayuda de las fake news y la manipulación de los algoritmos en red, que acentúan la incapacidad de los ciudadanos para valerse de la reflexión crítica como lo propusiera Kant en su ensayo ¿Qué es la ilustración?. “Atrévete a pensar”, era el desafío lanzado por el filósofo que hoy es solo un eco centenario de la historia moderna.

Ciudadanamente creo (quiero creer), que la legítima intención del presidente de Colombia por sacar adelante las reformas sociales que legitimaron su mandato y que una indolente clase dirigente arranchada en el congreso le enreda, no desembocará en una amenaza radical a la endeble democracia que nos rige, pero las acciones y el correlato de espadas y banderas anacrónicas, sin duda asustan y mucho, a sectores progresistas e incluso a reaccionarios que aún pelechan los privilegios de los cuales están proscritos más de 16 millones de conciudadanos, mientras otros viven en una especie de precariado que es como estar al borde del abismo de la exclusión.

Lo evidente es que este gobierno no será bien reconocido por la historia si claudica ante los cantos de sirena de los autoritarismos a nombre de las facciones, pero tendrá su lugar de dignidad en el largo catalogo de gobiernos que han sido, si entiende, como lo postulara Enmanuel Lévinas, que es “…responsable del otro incluso si el otro me odia, me ignora, me traiciona…”, pues actuando conforme a ese mandato ético, probará la profundidad del sentido humano de su oficio al gobernar.

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