Por Danilo Contreras
En 1978 este servidor cursaba lo llamábamos primero de bachillerato. Tenía 11 años, según las cuentas que hago al escribir esta nota. En aquella anualidad el ingeniero José Henrique Rizo, alcalde a la sazón, trasladaba 2.500 vendedores estacionarios del antiguo mercado de Getsemaní al mercado de Bazurto. Cuentan que la operación comenzó a las 7 de la mañana del 22 de enero. Rizo Pombo planteaba en su Plan de Desarrollo la descentralización del abastecimiento alimentario, dotando de mercados públicos a las nacientes localidades de una ciudad en expansión y previendo como punta de lanza de esa fórmula de ordenamiento territorial, una central mayorista especializada que no compitiera con los minoristas sino que los complementara.
El planteamiento no encontró continuidad en sucesivos gobiernos y Bazurto se convirtió en un mercado que combinaba de manera desordenada e injusta el comercio de poderosos mayoristas con pequeños comerciantes que compraban a los primeros para vender luego al menudeo, mientras los grandes comerciantes también vendían al detalle. Eso desmadró la plaza y los pequeños vendedores empezaron a salirse de sus locales a buscar la clientela en calles y aceras.
El desaseo cundió contaminando la hermosa Ciénega de las Quintas y provocando que los vecinos del barrio Martínez Martelo, cansados de la cloaca en que se había convertido el mercado vecino, instauraran una acción popular que fue fallada en 2010 por el Tribunal de Bolívar ordenando el traslado del referido Mercado.
12 años después la orden judicial sigue burlada por la mediocridad de sucesivas administraciones que han sido incapaces de renovar ese territorio neurálgico de la ciudad.
Este es solo un ejemplo de la incapacidad de nuestra dirigencia que sigue patinando en la puesta en vigor de los proyectos de desarrollo que se han planteado para esta antigua metrópoli marinera. Basta revisar el catálogo de macro proyectos pendientes previstos en el POT de 2001, que se rajan en cuanto a su puesta en marcha.
El problema ahora es que tales proyectos que se encuentran en la carpeta de los gremios y las élites sociales y económicas de la ciudad, muy probablemente han perdido vigencia pues su enfoque corresponde a una época distinta a la actual dominada por los retos de cambio climático, las epidemias, el hambre, la pobreza galopante y la perspectiva del aumento de las presiones urbanas considerando que hacia 2050 seremos entre 9 y 10 mil millones de habitantes sobre la tierra, que se agolparán en un 70% en grandes urbes. Esto implica que tendremos que aumentar la producción de alimentos en un 60% y hacer uso de la inteligencia artificial y energías limpias para que la especie logre sobrevivir sobre la tierra.
Entonces resulta imperativo revolucionar el enfoque de los proyectos de desarrollo, no solo de Cartagena, sino de la región bolivarense que ha estado desarticulada de la suerte de su capital. Cartagena NO puede seguir mirándose el ombligo y desatender las potencialidades de sus territorios adyacentes en la provincia bolivarense hasta el sur profundo en Santa Rosa y Cantagallo.
La primera revolución en el enfoque es que la implementación de los proyectos NO puede servir a la corrupción y al enriquecimiento personal de los gobernantes de turno. Los servidores públicos deben tener una genuina vocación de servicio. Como antaño en la democracia ateniense en que sus gobernantes abandonaban sus negocios particulares para dedicarse a la edificación de la felicidad colectiva.
Sabemos, por ejemplo, que la sociedad de economía mixta que debía encargase de la construcción de la central de abastos a la que se trasladaría Bazurto, terminó con socios que hicieron parte de la administración y que contaban con información privilegiada. No le sirve la corrupción a la sociedad!
El segundo giro en el enfoque es entender que los proyectos NO pueden concebirse bajo el criterio de excluir, expulsar, segregar a las grandes masas de la población empobrecida, como sucedió con Chambacú, en donde predios estratégicos fueron expropiados a quienes los consolidaron para que luego, mediante complejas operaciones jurídicas y financieras fueran adquiridos por sectores de las élites económicas y sociales de la ciudad que actuaban también desde privilegiadas posiciones del gobierno local y nacional.
El tercer criterio de transformación de la visión en la implementación de los proyectos radica en que todos tienen que partir de la idea de adaptación climática. Para poner un ejemplo propongo el caso del Plan Maestro de Drenajes Pluviales cuyos diseños están aún en pañales y que corresponden a criterio del pavimento que rinde frutos a los contratistas pero que impermeabiliza el suelo facilitando inundaciones, desechando soluciones ambientalmente amigables. El ingeniero Álvaro González, cartagenero experto en Hidrología e Hidráulica, radicado en la ciudad de Nueva York en donde es experto consultor, ha señalado la mediocridad del proyecto y la dilapidación de recursos en lo poco que se ha avanzado.
El cuarto criterio es la innovación y el sentido crítico para sopesar que es lo que conviene a la transformación de la ciudad y el departamento. Por estos días se socializan estudios de pre factibilidad (eso entiendo) de un tren de punto a punto entre Cartagena – Barranquilla – Santa Marta, destinado a pasajeros y carga, cuyo costo podría rondar los $10 billones. Me he atrevido a plantear frente a esta iniciativa concebida por gobiernos anteriores, una idea que lo contrasta y es la de la recuperación del Tren Cartagena – Calamar, que conecte la bahía de exportación en Cartagena con el “hinterland”, esto es, las zonas de producción de cargas, en especial agropecuarias, que fortalezcan nuestro comercio global de agroalimentos y permita reactivar el turismo ecológico en los complejos cenagosos de Tupé – Zarzal y Capote en la zona de La Línea bolivarense en donde existen algunos de los municipios más pobres, no solo del departamento, sino del país. Más demoré en plantear esta ideas, que lo que tardaron algunos buenos amigos y otros que no lo son tanto, para calificarme como enemigo del progreso, pues consideran esta visión como un torpedo al tren Cartagena – Barranquilla – Santa Marta, que aún no precisa si va por el anillo vial o por La Cordialidad.
Lo cierto es que la atractiva propuesta férrea que ha presentado la Gobernación de Bolívar hace unos días, plantea algunos interrogantes en cuanto a la naturaleza de la carga que transportaría ese tren entre las grandes ciudades del caribe colombiano, mientras en contraste, el tren Cartagena – Calamar permite acceso a unas 330 mil hectáreas de tierra fértil en el dique bolivarense, dejándonos conectados con los fértiles campos del sur del Atlántico y occidente del Magdalena, además del potencial de alrededor de 1.3 millones de habitantes potenciales para movilización de pasajeros. La iniciativa presentada por la Gobernación supera los 230 kilómetros en cualquiera de sus alternativas, en tanto que el “tren amarillo” Cartagena – Calamar sería de unos 104 kilómetros que reivindicarían a una región olvidada y pobre.
El progresismo en Bolívar que ayudo de manera eficiente a obtener el triunfo del nuevo gobierno, debe concentrarse en la construcción de una propuesta de gobierno que le hable a las ciudadanías libres de Cartagena y Bolívar y que garantice que las transformaciones y la revolución de los enfoques del desarrollo para el bienestar general, se haga realidad también en nuestros territorios. Los nombres de los líderes que sepan encarnar ese ideario será el paso subsiguiente, si sabemos superar las fútiles vanidades personales. Carecería de lógica que el puente con el gobierno nacional en las alcaldías y gobernación que elegiremos en octubre del año próximo, sean de nuevo los agentes de la vieja política que vienen sufriendo duros reveses.

