Por Danilo Contreras

Los turbulentas semanas que siguieron al 28 de abril dejan para el análisis una multitud de fenómenos sobre los cuales es preciso debatir si es que, como sociedad, queremos superar nuestras contradicciones. Una de tales circunstancias es la abrumadora desconexión que existe entre nuestra juventud y los adultos que conducen los destinos de la nación.

“No nos representan”, “no confiamos”, “no nos escuchan”, “no nos interpretan”, son consignas recurrentes que lanzó la juventud movilizada en diversos rincones de la nación. La respuesta del Estado fue simple y cruel represión. La de los dirigentes del paro, quizás ha sido de perplejidad.

He reflexionado acerca de las razones de esa ausencia de sincronización entre el poder y los liderazgos formales con las nuevas generaciones del siglo XXI que están enfrentadas a los descomunales desafíos de la pobreza creciente, la desigualdad (que es ausencia de oportunidades), las pandemias y el mayor reto que haya enfrentado la humanidad sobre la tierra, que es el cambio climático que amenaza con las sexta extinción masiva de las especies. Demasiadas cosas juntas para los jóvenes que deben subsanar la irresponsabilidad de generaciones anteriores que en dos siglos y medio, luego de la revolución industrial, nos han traído progreso, pero como una verdadera formula de destrucción.

Así lo señaló Walter Benjamin en su escrito “Aviso de Incendio” en el que, según Michel Löwy, el autor lanza “una alarma de los peligros de la ideología del progreso, cómo una premonición de las catástrofes que se avecinaban”. “Es preciso cortar la mecha que arde antes de que la chispa alcance la dinamita”, escribió Benjamin antes de su suicidio en los albores de ese infierno en la tierra que fue la segunda guerra mundial, que de alguna manera actualizó sus predicciones.

Pues bien, hace unos días, en medio de una calamidad familiar, pude conversar sobre estos asuntos con un sobrino (que en realidad es hijo de un primo hermano), estudiante de la Universidad de Cartagena. El pelao me planteó situaciones insospechadas que no precisaré en esta nota, pero destaco la pregunta que me propuso: “Tío”, me dijo, “¿se justifica hoy en día hablar de izquierda y derecha?”, como indagando sobre las razones profundas de las contradicciones sociales y políticas modernas.

Como el tema no es ajeno a mis inquietudes, pude responderle citando algo que le escuche en una conferencia a Pepe Mujica quien palabras más, palabras menos, justificaba esta divergencia ideológica en el hecho de que a través de la historia algunos han tomado partido por la justicia y por los más humildes, en tanto otros se han puesto del lado del orden, las tradiciones y la autoridad.

Agregue, que era muy probable que Mujica estuviese equivocado, pues los conceptos de “derecha” e “izquierda” política, tenían origen moderno en el anecdotario de la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional nacida de los tumultuosos días de 1789, los partidarios de conceder derecho de veto al Rey sobre las decisiones de aquella Convención, se agruparon justamente a la derecha del Presidente; en tanto que los que se oponían, en su mayoría miembros del Tercer Estado, esto es, el pueblo raso y los burgueses, se agrupaban a la izquierda del Presidente.

Le expuse a mi joven familiar, a riesgo de aburrirlo, que particularmente consideraba que en el contexto actual era muy posible que esas etiquetas se hayan convertido en una denominación anacrónica, que no correspondía, quizás, con los requerimientos sociales y humanísticos modernos. Pero además sostuve que ambas rotulaciones estaban contaminadas de una estigmatización que se confundía con la superchería y la irracionalidad, cuando en verdad ni la ideología de derecha (como pensamiento conservador de tradiciones e instituciones) o la de izquierda (como pensamiento de cambio, pluralismo y justicia social) NO eran malos per se. Carlos Gaviria Díaz, hombre de izquierda, refería que tenía en alta estima el pensamiento conservador al estilo del filósofo y político británico Edmund Burke.

Le propuse que tal vez podría ser mejor plantear dos grandes partidos ideológicos que tuviesen la capacidad de aglutinar a las masas ciudadanas con cierta amplitud, sin dejar de lado algunos rasgos de lo que han significado “izquierdas” y “derechas” en el pasado y fui redondeando para sostener que en la Colombia moderna, bien valía la pena elegir entre el “partido de la democracia” y el “partido del autoritarismo”, por no decir que el partido de la violencia y el despotismo que se ha descarado en estos días de paro en la calles manchadas por la sangre de demasiados inocentes.

La pandemia ha develado el talante autoritario de los gobiernos, que muchos perciben como una verdadera amenaza a la idea de democracia tal cual la hemos concebido. Autoritarismo que es ya un fascismo en el caso colombiano. Esta amenaza resulta más letal si se considera que el concepto de democracia se restringe a las formas, vale decir, a la existencia de jornadas electorales que se circunscriben a elegir gobernantes sin mayores espacios de participación. Lo anterior a contrario sensu de lo que algunos teóricos denominan Democracia Sustancial o Real, que implica que las autoridades están instituidas para garantizar derechos fundamentales de los coasociados, sometidos los poderes públicos a una rigurosa división y con un ordenamiento jurídico en el que los derechos de las minorías sean un verdadero contra-poder, que traduce pluralismo y libertad.

Pensé que mi interlocutor, me replicaría que “Por tanta cháchara es que los adultos no nos representan”. Me equivoque. Días después me ha llamado para decir que un grupo de sus amigos y amigas de la Universidad quieren conversar conmigo sobre estos temas. Espero aprender y “des – aprender” mucho en ese diálogo.       

Un comentario en «UN DILEMA MODERNO»

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