Por Rubén Darío Rodríguez García

Nada más preocupante que tener que entregar el patrimonio a una cultura ajena a la de uno. A quién quiera en mi ciudad, ahora mismo, le apuesto que ninguno de los representantes de la firma paisa a la que el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, IPCC, le entregó la organización de las Fiestas de Noviembre de Cartagena tiene idea de quién fue Marina Barrios para estas festividades.

Muy seguramente ella, si estuviera viva, al enterarse de este adefesio que se consumó en la administración Dau, hubiera armado rancho aparte o con toda su entereza las hubiera defendido a más no poder para evitar que los paisas hicieran de las suyas con nuestro patrimonio.

Un año después de su deceso, veo con tremenda extrañeza que nadie la recuerda. Los intereses de esta administración mezquina solo tienen cabeza para cumplir compromisos y acuerdos con los que intenta quedar bien. Y mucho ojo que uno no puede pasar por la vida entregando los legados a las personas ajenas.

Gravísimo es que hoy, a una persona quién se desvivió y se entregó por estas festividades, no se le brinde un homenaje ni un reconocimiento. Pero es que debemos entender que son los paisas quiénes están al frente de nuestras fiestas y no somos nosotros. Este año somos simples convidados de piedra o invitados marginados. No hay quién haga sentir su voz para decirle a los paisas que aquí solo son bienvenidos para que disfruten de las fiestas de los cartageneros organizadas por los cartageneros.

Es algo muy parecido al hecho de que a nosotros nos pregunten hoy quién es un tal Arturo Uribe Arango. La verdad poco o nada nos interesa este nombre pues no hace parte de nuestra cultura, ni nos pertenece. Pero, muy seguramente un paisa no dejaría pasar por alto este nombre toda vez que fue quien gestó por allá en el año de 1957 el tradicional desfile de silleteros. Y es que la cultura trae arraigo, trae sabor y trae los condimentos más importantes de una sociedad. El ADN paisa es totalmente diferente al nuestro.

Se me hace imposible pensar que un paisa cante el tradicional ÁNGELES SOMOS o que los cartageneros terminemos trovando o cantando música popular en nuestras fiestas de noviembre. Y en esto quiero ser muy enfático porque Marina para las fiestas fue identidad, fue una impronta, un sello que solo se lo supo dar ella. Mara, como solíamos decirle vivía con pasión y entrega estas festividades. Las llevaba en la sangre. Le fluía por las venas ese amor por Cartagena.

Invito a los periodistas de la ciudad a unir nuestras voces y enaltecer la memoria de quién en vida le entregó mucho a nuestro gremio pero, por encima de todo, se desvivió por estos festejos que hoy simplemente la echan al olvido. Saquemos de nosotros el verdadero sentir cartagenero, luchemos para que no vengan de manera atrevida a borrarnos de la memoria nuestro ADN y todo aquello que nos identifica. Marina merece un verdadero homenaje a un año de su muerte, y solo los cartageneros sabemos quién fue ella para las fiestas. Al resto poco o nada le importa.

¡Marina vive por siempre. Estas fiestas y las que están por venir, deben ser en honor a esa gran mujer!

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