Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
El maestro, su gran orquesta y el refinamiento de un Caribe que nos pertenecerá siempre
«Cartagenerita que pasas por la muralla, eres tan bonita por la sal que da la playa».
Basta escuchar estos versos para que Cartagena empiece a moverse dentro de nosotros. Aparecen la muralla frente al mar, la brisa que alivia las tardes, las palmeras que siguen el compás y esa alegría caribeña que convierte el baile en una celebración de la vida. Entran la percusión, los metales, los saxofones y el clarinete, y el ritmo hace de Cartagenerita mucho más que una canción: una postal sonora de una ciudad y de una región que aprendimos a escuchar con el maestro Lucho Bermúdez.
El origen: los Montes de María
Para comprender al maestro y la dimensión de su música hay que ampliar el mapa. Hay que salir de Cartagena y viajar hacia Carmen de Bolívar, su tierra natal. Antes de que sus melodías recorrieran grandes salones y escenarios nacionales e internacionales, hubo una geografía de pueblos, bandas, fiestas y tradiciones populares que alimentó su sensibilidad musical. Cartagena sería decisiva en su trayectoria, pero sus raíces se hunden en los Montes de María, también conocidos como la Serranía de San Jacinto, donde la música forma parte de la memoria colectiva y de la vida cotidiana.
Hay músicas que nos devuelven a un lugar incluso cuando hace años no estamos allí. La del maestro Lucho tiene esa virtud: nos recuerda que la identidad cultural no es una tradición inmóvil, encerrada en una vitrina, sino una herencia capaz de renovarse sin perder su esencia.
La gran orquesta
El maestro Lucho Bermúdez no componía solamente para que bailáramos. En su música había arquitectura, conocimiento y una voluntad de refinamiento que transformó los ritmos del Caribe colombiano sin despojarlos de su identidad. El porro, la cumbia y otros aires de nuestra tradición encontraron en sus arreglos una nueva dimensión: la fuerza de los metales, la conversación de los saxofones, la elegancia de las voces y la precisión de una gran orquesta. Era el sabor de la región vestido de gala, sin dejar de tener el mismo sabor.
Para entender su propuesta conviene mirar el mundo musical de su época. En los años treinta y cuarenta, las big bands llenaron de baile los salones de Estados Unidos. Herederas del jazz, reunían trompetas, trombones, saxofones y clarinetes alrededor de una sección rítmica que marcaba el pulso. La era del swing tomó impulso a partir de 1933 y el concierto de Benny Goodman en el Palomar Ballroom, en Los Ángeles, el 21 de agosto de 1935, contribuyó a extenderla por todo el país. Era música escrita con rigor para que la gente bailara.
En Colombia, el maestro Lucho fundó en Cartagena la Orquesta del Caribe en 1939 y, en 1947, presentó en el Hotel Granada de Bogotá la orquesta que llevaría su nombre. Tendió un puente semejante entre la elaboración musical y el baile, pero desde otras raíces: el porro, la cumbia y las bandas de los pueblos de Bolívar.
Cartagena: el encuentro y el glamour
Cuando Luis Eduardo Bermúdez Acosta llegó a Cartagena en los años treinta, encontró nuevos horizontes para su formación musical. Trabajó con agrupaciones y emisoras, profundizó sus conocimientos de armonía y composición y comenzó a construir un lenguaje inconfundible. La fundación de la Orquesta del Caribe, en 1939, marcó un momento decisivo. La ciudad era un espacio de encuentro entre las tradiciones de los pueblos bolivarenses, la vida urbana de un puerto abierto al mundo y las sonoridades modernas que circulaban por el Caribe y el continente.
El maestro Lucho comprendió que modernizar una música no significaba disfrazarla de otra, sino descubrir hasta dónde podía llegar sin dejar de ser ella misma. Una cumbia podía tener la complejidad de un arreglo cuidadosamente construido y conservar, al mismo tiempo, su capacidad de convocar a todos a la pista. La excelencia musical no alejaba al público: lo invitaba a participar.
Entre Carmen de Bolívar y Cartagena hay más de cien kilómetros por carretera, dependiendo de la ruta. Una distancia relativamente corta que adquiere otro significado al recorrer la trayectoria del maestro: de los Montes de María a la ciudad portuaria, de la raíz popular a nuevos horizontes musicales.
Carmen de Bolívar no puede aparecer apenas como un dato biográfico. Es la tierra natal del compositor y una referencia esencial para reconocer la diversidad cultural del departamento. En su composición Carmen de Bolívar, el nombre del lugar se convierte en motivo musical y memoria compartida. Cartagena, por su parte, aparece evocada en obras como Cartagena Taurina y Cartagenerita. Tres composiciones que acercan al oyente a un territorio musical extendido desde el interior bolivarense hasta la brisa del mar.
Cartagena tuvo también un nombre anterior. Cuando Pedro de Heredia la fundó, el 1 de junio de 1533, el lugar ya contaba con un asentamiento indígena llamado Kalamarí, cuyo nombre algunas fuentes traducen como «tierra de cangrejos». Siglos después, Kalamarí, una paráfrasis sobre temas del maestro Lucho Bermúdez escrita por Alex Tobar, compositor que codirigió con él su orquesta entre 1947 y 1948, incorporaría esa memoria al repertorio musical colombiano.
Y es en Cartagena donde esta historia adquiere otra dimensión: la del glamour. No el de las apariencias ni el lujo convertido en exhibición, sino el que reúne estilo, cuidado, presencia y gusto. La orquesta bien vestida, los músicos que dominaban su oficio, los arreglos impecables y la elegancia de los salones convivían con la alegría de una pista donde nadie necesitaba renunciar a su identidad para sentirse parte de algo extraordinario.
Estaba también la voz de Matilde Díaz, quien se unió a la orquesta en 1944 y es recordada por su lugar pionero entre las mujeres de las orquestas profesionales colombianas. Las fiestas del maestro, su orquesta y su cantante todavía resuenan en la memoria musical del país.
Aquella sofisticación tenía acento propio. Detrás de la sonoridad de la gran orquesta había disciplina, conocimiento y respeto por el oficio; delante de ella, una pista donde todo ese trabajo se transformaba en alegría compartida. El glamour del maestro Lucho no consistía en apartarse de sus raíces, sino en demostrar hasta dónde podía llegar la música nacida de ellas.
Lo que perdimos
Hubo un tiempo, durante las décadas de los veinte, treinta, cuarenta y cincuenta, en que el glamour también expresaba respeto por el público, por el oficio y por la ocasión. Basta mirar las fotografías de la Bogotá de los cincuenta, o las de otras capitales latinoamericanas, para reconocer una cultura de la presentación personal y de las formas sociales que hoy parece menos presente.
La contracultura de los sesenta y las transformaciones de las décadas siguientes trajeron libertades necesarias. Nadie pretende negarlas. Lo que merece reflexión es si, en medio de esos cambios, hemos descuidado algunas formas de elegancia, consideración y respeto que enriquecían la vida compartida.
Digámoslo sin rodeos: hoy el reggaetón ocupa un lugar dominante en nuestras calles, celulares y discotecas. Su tecnología es innegable, pero sus formas de creación y producción son distintas de las que caracterizaban a una gran orquesta. En una agrupación de veintidós músicos, como la del maestro Lucho, el resultado dependía del ensayo, la afinación, el diálogo entre instrumentos y la capacidad de escucharse unos a otros. En buena parte de la música que circula hoy, la producción se concentra en el estudio y las herramientas digitales.
No se trata de afirmar que una tecnología o un formato garanticen por sí mismos mayor calidad. La cuestión es qué lugar concedemos al cuidado, a la elaboración y al conocimiento dentro de la creación musical.
La circulación masiva de estilos y géneros contrasta, en ocasiones, con el trabajo de composición y arreglo que reconocemos en obras como Colombia, tierra querida, Salsipuedes o Tolú.
La diferencia no está entre lo popular y lo culto: las big bands fueron la música popular de su tiempo, y la del maestro Lucho, también. La diferencia estaba en el cuidado.
Lo que nos deja
El maestro Lucho entendió esa relación mucho antes de que se pusiera de moda hablar de industrias culturales o circulación internacional. Con su orquesta llevó los sonidos del Caribe colombiano a nuevos escenarios y contribuyó a que el país reconociera como propia una música que durante mucho tiempo había sido mirada con prejuicio desde otras regiones. Su apuesta no consistió en suavizar la identidad costeña para hacerla aceptable, sino en revelar la riqueza musical que había en ella.
Con el tiempo, su obra también llegó a las salas sinfónicas. En 2012, cuando el Ministerio de Cultura declaró el «Año Lucho Bermúdez» por el centenario de su natalicio, la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia le rindió homenaje con conciertos en varias ciudades. Uno de los principales tuvo lugar en Popayán, el 20 de julio, día de la Independencia. Tuve el privilegio de producirlos. En junio de 2024, la Orquesta Filarmónica de Bogotá incluyó en su programa Prende la vela, El birimbí y Colombia, tierra querida.
Su legado nos invita a mirar a Bolívar como una geografía cultural diversa, donde Carmen de Bolívar y Cartagena no necesitan parecerse para reconocerse como parte de una misma historia. La cultura alcanza su mayor fuerza cuando reconoce sus raíces y encuentra maneras de compartirlas con el mundo.
Antes de que su música conquistara salones y escenarios, hubo una tierra que le dio raíces. En Carmen de Bolívar, en la melodía que nombra al pueblo y en la memoria de su gente, sigue sonando la historia del maestro Lucho Bermúdez, que nunca dejó de llevar consigo el lugar de donde venía.
(*) Magíster en Asuntos Internacionales | Comunicador Social de la Universidad Externado de Colombia.
