Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Hawthorne y la pregunta incómoda: ¿con qué vara juzgamos a los demás y con cuál nos juzgamos a nosotros?
El 25 de mayo de 2020, en una calle de Minneapolis, un policía mantuvo la rodilla sobre el cuello de George Floyd durante más de nueve minutos. Floyd murió. El mundo estaba en plena pandemia y lo vio en una pantalla.
Lo que vino después no cabe en una frase: protestas en Estados Unidos y en otros países, un juicio, una condena y una discusión interminable sobre la fuerza, la culpa y la justicia. Y algo más difícil de nombrar: la sensación de que, ante un mismo hecho, cada cual sacaba una vara distinta para medirlo.
Casi todos llevamos una vara de medir en el bolsillo.
La sacamos con rapidez para medir a los demás: su conducta, sus errores, sus contradicciones. Y la guardamos con la misma rapidez cuando llega el momento de medirnos a nosotros mismos.
Una novela de 1850, sobre una mujer, un pastor y una letra bordada en un vestido, nos obliga a sacarla del bolsillo.
Nathaniel Hawthorne publicó La letra escarlata en 1850, pero ambientó la historia en la colonia puritana de la Bahía de Massachusetts, en la Boston de los años 1642 a 1649. Escribió, entonces, con más de dos siglos de distancia sobre una sociedad de religiosidad rigurosa, marcada por un legalismo extremo, en la que el pecado no era un asunto privado, sino un espectáculo público.
Entre la Boston de Hester Prynne y la Minneapolis de Floyd hay unos 1.800 kilómetros en línea recta y casi cuatro siglos. La pregunta, sin embargo, se parece mucho: ¿quién mira, con qué vara y con qué derecho?
No hace falta compartir su fe ni conocer su historia para entender lo que ocurre. Basta con haber visto, alguna vez, cómo una comunidad se reúne a juzgar a alguien.
Por eso esta novela no es «una novela vieja», sino una lectura útil. Nos ayuda a reconocer lo que hoy vivimos a diario, en las redes y fuera de ellas: la lapidación pública, el matoneo o bullying, los odiadores o haters, el juicio inmediato y determinista. El señalamiento, la estigmatización, el fin de una reputación. En el caso de Floyd, los hechos los estableció un tribunal. Pero en muchos otros, una segunda mirada a los hechos, antes de condenar, amplía la comprensión de lo ocurrido.
La Biblia ya lo advertía: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido» (Mateo 7:1-2). En la era digital, un día estamos en el lugar del juez y, otro, en el del juzgado.
Y ahí empieza nuestra Literatura Aplicada.
El mapa de la mirada. ¿Con qué vara juzgamos a los demás?
Hester Prynne tiene un hijo fuera del matrimonio y la comunidad decide que debe llevar para siempre una «A» escarlata, por adulterio, sobre el pecho. No es solamente un castigo. Es una exposición: su falta queda convertida en identidad y su identidad, en espectáculo.
Hester soporta el castigo sin negar quién es. Pasan los años y el símbolo cambia de significado: algunos empiezan a decir que la «A» quiere decir Able, capaz. La comunidad ha visto su ayuda constante, su generosidad con los pobres, su compañía a los enfermos, y ha visto también la fortaleza que ha demostrado. Aunque vale aclarar que la sombra del juzgamiento y señalamiento nunca desapareció del todo.
La comunidad no cambió de vara; cambió de mirada. Y ahí hay una primera herramienta para cualquier organización: antes de juzgar, conviene preguntarse qué sabemos de la persona, qué ignoramos y desde dónde estamos mirando.
El mapa del espejo. ¿Qué hacemos con lo que ocultamos?
En la otra orilla está Arthur Dimmesdale, el pastor respetado de la comunidad. Es el padre de la hija de Hester, y nadie lo sabe. Mientras ella carga con su falta a la vista de todos, él la carga por dentro.
Su drama es el de la brecha entre la imagen y la realidad: predica la rectitud y vive atormentado por la culpa. La novela lo describe como su propio engañador. Desde fuera parece un justo; desde dentro, un hombre que no se atreve a ser lo que es.
Hay una advertencia antigua para esa tentación. El Eclesiastés 7:16 dice: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?». No es un elogio de la injusticia. Es un aviso sobre el costo de querer parecer más perfectos y más buenos de lo que somos.
Esa brecha existe en todos los equipos: en los líderes que no pueden admitir errores, en las culturas que premian la apariencia sobre la verdad, en las personas que viven agotadas por la imagen que sostienen. Hoy, además, vivimos bajo el régimen del like: rostros felices, vidas perfectas, un mundo feliz; el líder que nunca pierde, el non plus ultra, los jamás vencidos, los invulnerables.
Y al final somos, simplemente, hombres y mujeres con aciertos y fallas, en este mundo imperfecto. Cuánta sinceridad hace falta para ver, ante el espejo de la verdad, lo que somos como personas, familias, empresas y sociedades.
El mapa del péndulo. ¿Qué pasa cuando corregimos un exceso con otro?
Aquí la novela se mira en nuestro presente. Hay épocas que levantan la vara muy alto y exigen perfección. Y hay épocas que, cansadas de ese rigor, dejan de distinguir. Entre uno y otro extremo, el péndulo se mueve.
Ante las altas presiones se prueban los metales nobles. Lo que mostró el comienzo de la década de 2020 fueron las profundas debilidades que teníamos como sociedad, como empresas, como familias y como individuos.
Los números de 2020 son una buena fotografía de ese vaivén. Entre el 26 de mayo (un día después de la muerte de George Floyd) y el 7 de junio, el hashtag #BlackLivesMatter se usó casi 48 millones de veces en Twitter, y el 28 de mayo hubo cerca de nueve millones de mensajes en un solo día, la cifra más alta que el Pew Research Center había registrado. Más de la mitad de todos los mensajes con ese hashtag se publicaron entre mayo y septiembre de aquel año.
Un estudio con datos de condados estadounidenses sugiere, además, que la pandemia empujó a más gente hacia las redes y que ese movimiento antecedió a las protestas. No prueba que la pandemia creara esas ideas, pero ayuda a entender por qué se difundieron con tanta velocidad.
Después, el péndulo volvió: entre los adultos estadounidenses, el apoyo al movimiento pasó de 67 % en junio de 2020 a 51 % en abril de 2023, según Pew.
Los dos extremos tienen su advertencia. Contra el exceso de pureza, está la escena del evangelio de Juan 8:7: «El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero». Contra la confusión de valores, Isaías 5:20: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!».
La primera nos dice que nadie es tan justo como para tirar la primera piedra. La segunda nos recuerda que eso no nos autoriza a dejar de distinguir el bien del mal. Entre las dos queda un lugar difícil: juzgar sin humillar y corregir sin destruir.
Quizá por eso la literatura sigue volviendo a esa Nueva Inglaterra. Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada, ha dicho que estudió la historia de los puritanos del siglo XVII mientras escribía su novela, y que algunos de sus antepasados eran puritanos de esa época. Una sociedad que se obsesiona con la pureza puede acabar construyendo, como en Gilead, un orden que castiga a quien se desvía.
El mapa de la verdad. ¿Qué nos propone Hawthorne?
Al final, el narrador resume la lección de la novela en una sola línea: «¡Sé veraz! ¡Sé veraz! ¡Sé veraz! Muestra libremente al mundo, si no lo peor de ti, al menos algún rasgo por el que pueda inferirse lo peor».
No dice «sé perfecto». No dice «sé implacable». Dice «sé veraz». Y quien se cree demasiado justo rara vez es veraz: la justicia que no admite su propia sombra termina siendo otra forma de la apariencia.
Dimmesdale confiesa por fin desde el cadalso y muere. Hester vuelve a su casa y retoma, por voluntad propia, la letra. Ninguno de los dos sale intacto, pero ambos dejan de fingir.
Lo que esta lectura nos deja
Si algo puede aplicarse hoy de esta novela, tal vez sean tres preguntas que cualquier persona u organización puede hacerse:
- El mismo rasero. ¿Aplicaría a mí la vara que aplico a los demás?
- La brecha. ¿Qué distancia hay entre lo que muestro y lo que soy?
- La corrección. ¿Estoy corrigiendo para reparar o para humillar?
Hester y Dimmesdale pagaron cada uno su precio por no tener a su alcance esas tres preguntas. Nosotros todavía podemos hacerlas.
Volvamos a Minneapolis
Que un hombre murió bajo la rodilla de un policía no es una opinión: lo estableció un tribunal. El 20 de abril de 2021, un jurado declaró culpable a Derek Chauvin de asesinato en segundo grado sin intención, asesinato en tercer grado y homicidio culposo en segundo grado. El 25 de junio de ese año fue condenado a 22 años y medio de prisión.
Lo que sigue siendo materia de discusión es lo que ocurrió alrededor. Los excesos de la fuerza, sí. Pero también los excesos de las palabras: un nombre convertido en bandera por unos y en blanco por otros, un hecho usado más para ganar la discusión que para entenderlo.
Ahí la vara de Hawthorne vuelve a servir. No para decidir quién tiene la razón en cada pelea, sino para preguntarnos si la aplicamos igual a quienes piensan como nosotros que a quienes no.
Porque, al final, la vara no es solamente un instrumento para juzgar. Es también la medida de la sociedad que estamos construyendo.
Próxima estación
La Odisea, de Homero y las habilidades que desde la antigüedad ha desarrollado el hombre para superar y superar la adversidad. Con ella completamos cinco lecturas de esta serie, y cada cinco haremos una pausa para pensar en voz alta sobre un tema que las atraviesa. La primera será sobre el sentido de la biblioteca pública.
Después de la conciencia del individuo frente a su comunidad, viene el viaje de un hombre que tarda unos diez años en volver a casa. Y un lugar donde cualquiera puede empezar ese viaje con solo abrir un libro: la biblioteca.
(*) Dramaturgo, Magíster en Asuntos Internacionales | Comunicador Social Universidad Externado de Colombia | Instagram: @buenavistasocialbook Substack: @rodrigovelasquez1
