Jorge Benedetti suele jactarse en sus redes de que cada locura que se le ocurre termina hecha realidad. Como un niño caprichoso con genios de lámpara a su servicio, pasó de Representante a la Cámara y luego fue Senador. Pero cuando el sueño y el anhelo es ser alcalde de Cartagena, “taca burro”. Desde entonces, su discurso no prende: le cuesta pegarse y conecta poco, casi nada, con los cartageneros.
Hay que recordar y tener claro que el “Yoyo” cuando en su momento, tocó la puerta del actual alcalde Dumek Turbay para su campaña al Senado se la abrieron de par en par y logró rescatar una importante votación. Sin embargo, una vez instalado en el parlamento, dio la espalda a quienes lo respaldaron, incluidos los bolivarenses. El hombre se refugió en las frías oficinas cachacas y buscó el amparo de Germán Vargas Lleras, olvidando a quienes trabajaron por él desde las bases en Cartagena. Así, sin más allá ni más acá, se convirtió en un cachaco más.
Hoy, tras ahogarse en su segunda aspiración camino al Senado, busca la alternativa de ser alcalde de la ciudad. Va muy orondo a Bazurto o a los preludios de las Fiestas buscando popularidad, pero le cuesta mucho conectar. Hay un corto circuito con la ciudadanía que no olvida fácilmente a quienes se apartaron de sus raíces y le dieron la espalda a la confianza depositada. Benedetti enfrenta ahora el reto de demostrar que no solo fue el niño feliz al que todo se le concedió, sino un político capaz de reconectar con la tierra que lo vio crecer. Amanecerá y veremos dijo el ciego.
En este nuevo intento de posicionarse como alcalde, Jorge Benedetti enfrenta un escenario distinto al que vivió en sus primeras aventuras políticas. La ciudadanía cartagenera ha madurado políticamente y observa con lupa a quienes buscan el poder. Su paso por el Congreso dejó más sombras que luces en la memoria de muchos, y esa distancia con las bases locales se convierten hoy en un obstáculo difícil de superar. No basta con recorrer el mercado y hacer creer que se come sabroso allí o aparecer en fiestas tradicionales bañándose de espuma: el reto está en recuperar la confianza perdida y eso si que le va a costar.
El “niño feliz” que todo lo conseguía ahora debe demostrar que puede construir desde la credibilidad y el compromiso real con Cartagena. La política ya no se trata solo de sueños y aventuras cumplidas, sino de resultados tangibles y coherencia con quienes lo respaldan. Si Benedetti quiere que la lámpara mágica vuelva a concederle un deseo, tendrá que reconectar con la gente y dejar de lado la imagen de un político que se refugió en Bogotá para convertirse en un cachaco más. Solo así podrá aspirar a que Cartagena lo reconozca como un verdadero líder y no como un político de paso que busca reflectores momentáneos.
