En tiempos de redes sociales, el alcance no siempre equivale a influencia, y la visibilidad no necesariamente se traduce en favorabilidad. Esto queda claro al analizar el comportamiento digital del concejal cartagenero Javier Julio Bejarano entre el 29 de abril y el 29 de mayo de 2025, según el reporte de la plataforma de inteligencia artificial Brand24.

Durante este período, el concejal incrementó en un 100% su visibilidad en medios y redes. Pasó de cero menciones a trece, alcanzando a más de 11 mil personas en redes sociales y a unas 165 mil fuera de ellas, gracias principalmente a la cobertura de medios digitales como El Tiempo, Infobae, Pluralidad Z y Vox Populi. ¿La razón? Sus reiteradas denuncias contra la administración del alcalde Dumek Turbay.

Sin embargo, tras el brillo inicial del dato duro, el análisis cualitativo revela una verdad menos alentadora: no hay una sola mención positiva hacia su figura. Por el contrario, dos menciones explícitamente negativas y un mar de comentarios donde se le califica de «ave de rapiña», «delirante» o “protagonista político infundado”, indican que el mensaje no está calando con buena acogida. Más preocupante aún: las plataformas masivas como Facebook, Instagram y TikTok, donde se gesta la conversación ciudadana más amplia, registraron cero actividad relevante para su nombre.

Este fenómeno no es nuevo en la política local ni nacional: figuras que apuestan todo a la estrategia del escándalo, creyendo que el ataque frontal y reiterado al poder de turno basta para construir liderazgo. Bejarano parece encarnar ese modelo. Pero la política no es solo confrontación. Es conexión. Es propuesta. Es comunidad. Y en eso, la data es tajante: el concejal no logró movilizar a su favor ni opinión, ni respaldo ciudadano significativo.

Algunos podrían argumentar que estar en boca de todos es mejor que el silencio. Pero eso aplica cuando el ruido construye, no cuando erosiona. Bejarano tuvo en sus manos una oportunidad: capitalizar sus denuncias con argumentos sólidos, propuestas alternativas y, sobre todo, vocería de las comunidades afectadas. En cambio, lo que queda es una narrativa individualista, sin aliados visibles ni eco colectivo.

Lo más paradójico de todo es que su discurso contra la administración de Dumek Turbay terminó amplificando la imagen del alcalde más que debilitándola. Los medios hablaron más del poder que pretende desenmascarar que del político que intenta hacerlo. Y eso, en términos de comunicación política, es un autogol.

En resumen, el caso Javier Julio Bejarano es un claro ejemplo de cómo no basta con denunciar para transformar. La política del «megáfono digital» sin sustento ni estructura solo hace ruido, pero no cambia el juego.

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