Con la inauguración de los primeros dos kilómetros del Gran Malecón del Mar, Cartagena vuelve a encontrarse con uno de los elementos que más ha definido su identidad: las playas. Mucho más que un atractivo turístico, estos espacios han sido escenario de tragedias aéreas, controversias judiciales, debates sobre el acceso al espacio público y decisiones que marcaron el destino de la ciudad. Hoy, mientras Cartagena avanza hacia una nueva relación con su litoral, vale la pena recordar cómo las playas han sido protagonistas permanentes de una historia escrita entre la arena, el mar y la vida de sus ciudadanos.

Uno de los episodios más controversiales tuvo lugar en 2009, cuando la supuesta venta irregular de un sector de playa a un establecimiento hotelero desató un terremoto político y judicial. El caso llevó a la cárcel a la entonces alcaldesa Judith Pinedo Flórez y puso bajo el escrutinio público a varios funcionarios de la administración distrital. Más allá de las decisiones judiciales y de las posteriores controversias sobre las responsabilidades individuales, el hecho dejó una conclusión contundente: los cartageneros consideran sus playas un patrimonio colectivo irrenunciable. Aquella discusión trascendió los estrados y se convirtió en un símbolo de la defensa del espacio público.
Pero mucho antes de los debates legales, las playas ya habían sido escenario de algunos de los momentos más dolorosos de la ciudad. En 1966, frente a las costas de La Boquilla, un avión de Avianca cayó al mar pocos minutos después de despegar del aeropuerto Rafael Núñez. La tragedia dejó decenas de víctimas y quedó grabada en la memoria colectiva como uno de los accidentes aéreos más graves registrados en Cartagena. El mar, que tantas veces representa vida y belleza, se convirtió aquella noche en el silencioso testigo de una catástrofe que conmocionó al país.
Décadas después, en julio de 2009, la playa volvió a aparecer en los titulares cuando un avión de combate Kfir se salió de la pista del aeropuerto Rafael Núñez durante una maniobra de despegue. La aeronave atravesó la vía al mar y terminó prácticamente sobre la zona de playa. Aunque las imágenes fueron impactantes y el aparato quedó semidestruido por el fuego, el hecho no dejó víctimas fatales ni heridos, evitando que la emergencia se transformara en una tragedia mayor.

En tiempos más recientes, las playas han seguido siendo motivo de discusión pública. Desde denuncias por restricciones indebidas al acceso de sectores costeros cercanos a complejos hoteleros hasta incidentes asociados a construcciones informales en áreas de uso turístico, el debate ha girado alrededor de una pregunta fundamental: ¿a quién pertenecen realmente las playas de Cartagena? La respuesta jurídica es clara, pero los conflictos recurrentes demuestran que la defensa del acceso y disfrute ciudadano sigue siendo una tarea permanente.
Hoy el panorama es diferente. La ciudad parece haber entendido que su mayor riqueza natural no puede permanecer aislada de los ciudadanos. La apertura del Gran Malecón del Mar simboliza una nueva etapa en la relación entre Cartagena y su litoral. No se trata únicamente de una obra de infraestructura ni de un atractivo turístico; representa la recuperación de un vínculo histórico entre los cartageneros y el mar que les dio origen.
Las playas han sido escenario de alegrías, tragedias, pleitos judiciales, accidentes y debates ciudadanos. Han visto pasar generaciones enteras, han resistido la erosión, las controversias y los intereses particulares. Por eso, más que un paisaje, son parte esencial de la identidad de Cartagena. Y mientras el Malecón del Mar abre una nueva página en la historia urbana de la ciudad, las playas vuelven a ocupar el lugar que siempre les ha pertenecido: el de protagonistas indiscutibles de la vida cartagenera.
