Un episodio sacado de uno de los actos más hermosos que he presenciado: San Jacinto dijo no al trabajo infantil
Estuve en San Jacinto el pasado viernes, ese pueblo que duerme entre los brazos de los Montes de María, donde la brisa huele a tamarindo y las cicatrices del conflicto aún susurran entre las ceibas. Llegué atraído por un acto simbólico: un grupo de jóvenes decía con voz firme ¡No al trabajo infantil!, como quien espanta a los fantasmas de un pasado que se resiste a morir.
Allí, en la plaza, entre la música y los rostros alegres de niños con camisetas blancas, terminó la puesta en escena contra el trabajo infantil, del programa Atrapasueños del Bienestar Familiar, una ventana abierta al futuro en un lugar que por años sólo tuvo ventanas cerradas con clavos de guerra. Fue entonces cuando lo vi. Sentado en una banca de la plaza, entre sombras y recuerdos, estaba Juan —nombre ficticio, pero historia verdadera—. Un hombre con el rostro curtido por los soles de la montaña y el silencio de quien ha sobrevivido a más de una muerte.
Esperaba a su hijo, uno de los jóvenes del acto. Lo hacía en silencio, con esa quietud de los que aprendieron a no llamar la atención, como si aún temiera que algún ojo invisible lo estuviera buscando. Me acerqué y conversamos. Su voz, primero baja y resquebrajada, se fue haciendo audible a medida que las palabras brotaban como agua represada.
“Fui llevado cuando tenía 15 años por un grupo insurgente. No supe más de mi familia durante más de veinte años…”, me dijo, mientras su mirada se perdía entre los montes lejanos. Combatió sin querer, sin entender, señalando con el dedo el camino al cerro de Maco, como si ese gesto aún le quemara la conciencia.
Le enseñaron que el gobierno era enemigo, que los soldados eran lobos disfrazados, y que si no mataba, sus padres morirían. Campesinos ellos, humildes, dueños de una tierra que fue devorada por los «paracos» como se devora una arepa caliente al amanecer.
Mientras hablaba, sus ojos se humedecieron. Pero no lloró. No lo hizo. Se rascó los ojos, disimulando. «Algo me cayó en ellos», dijo, como si las lágrimas fueran una vergüenza y no una limpieza del alma.
A lo lejos, su hijo —de mirada viva y camiseta del programa— compartía risas con otros adolescentes. Juan lo miraba con una mezcla de nostalgia y esperanza. Tenía 15 años, la misma edad con la que él fue tragado por la guerra. Pero este hijo no conocía el sabor del miedo ni la obediencia a la metralla. Estudiaba décimo grado, y Juan solo deseaba que nunca conociera el sonido del fusil ni el olor del monte mojado por la metralla.
“Estoy terminando derecho —me confesó—, trabajo en el juzgado del pueblo. Me falta poco para graduarme. Volví aquí porque esta es mi tierra, y no quiero que mis hijos huyan de ella como yo tuve que hacerlo.”
Era un padre que construía, ladrillo a ladrillo, su redención.
No quiso decir más. Me agradeció con una media sonrisa y me pidió que no usara su nombre. Luego se fue, con su hijo al lado, caminando entre la multitud que ya se dispersaba. Se perdieron entre los puestos de empanadas y el bullicio del mercado, como si la vida, finalmente, le diera una tregua.
Desde donde estaba, los vi alejarse: Juan con su paso sereno y el muchacho hablándole con entusiasmo. Parecían cualquier padre e hijo, pero yo sabía que en ese andar había veinte años de sombras, de heridas, y también de luz. Porque aquel hombre que alguna vez fue niño reclutado, ahora era abogado en ciernes, padre presente y símbolo silencioso de que incluso en los rincones más oscuros de Colombia, la esperanza germina como una flor en tierra de escombros.

