Las calles de Francia se convirtieron en un campo de batalla tras las multitudinarias protestas contra el presidente Emmanuel Macron, que dejaron un saldo de un fallecido, más de 1.800 detenidos y cientos de heridos. El detonante fue el creciente malestar social por el alto costo de vida, la inflación y las políticas de austeridad que el gobierno insiste en mantener. París, Marsella y Lyon fueron epicentros del caos, con enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del orden que se prolongaron hasta la madrugada.
La tensión alcanzó niveles alarmantes cuando grupos radicales incendiaron vehículos y edificios públicos, mientras las fuerzas antimotines respondían con gases lacrimógenos y cañones de agua. En París, la Plaza de la República se convirtió en símbolo del descontento, con miles de personas coreando consignas contra Macron y su gabinete. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, confirmó que más de 150 agentes resultaron heridos, y que el gobierno evalúa endurecer las medidas de seguridad ante el riesgo de nuevos disturbios.
El origen de la protesta está en la creciente desigualdad y el deterioro del poder adquisitivo de los franceses. Los sindicatos y movimientos sociales denuncian que las reformas económicas del gobierno han favorecido a las élites, mientras las clases medias y trabajadoras sufren los efectos de la inflación y los recortes. La muerte de un manifestante en París y los abusos policiales reportados en varias ciudades han encendido aún más la indignación popular.
Macron, por su parte, defendió su gestión y pidió “unidad y responsabilidad”, aunque sus palabras no lograron calmar los ánimos. La oposición, tanto de izquierda como de derecha, aprovechó la crisis para exigir su renuncia y convocar nuevas elecciones. Analistas advierten que el presidente enfrenta su momento más difícil desde las protestas de los chalecos amarillos en 2018, y que su imagen internacional se ve seriamente afectada.
