Por Luis Adolfo Payares/Prensa ICBF-Bolívar
El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) es más que una institución. Es un refugio, un motor de cambio, un compromiso con la niñez y la familia colombiana. Pero, sobre todo, es la suma de las historias de quienes han dedicado su vida a su misión. Entre esas historias, hay una que resuena con especial fuerza: la de Eva Álvarez, coordinadora del Centro Zonal Olaya en Cartagena.
A sus 18 años, en septiembre de 1984, Eva ingresó al ICBF como auxiliar de pedagogía en el entonces llamado CAI Los Caracoles. No imaginaba entonces que ese sería el inicio de un camino de 40 años de entrega, evolución y crecimiento, tanto personal como institucional.


Con el tiempo, el instituto le permitió formarse, especializarse y ascender, siempre con un objetivo claro: garantizar el bienestar de los niños y niñas de su comunidad. Fue maestra, supervisora, capacitadora, revisora de cuentas, referente de primera infancia y, desde el 2016, coordinadora del Centro Zonal.
“Yo empecé desde abajo, siendo jardinera, conociendo cada rincón del instituto, cada peldaño de esta gran escalera. Para mí, el ICBF no es solo un trabajo, es mi vida”, dice con la voz entrecortada por la emoción.
Los cambios que transformaron el ICBF
Eva ha sido testigo de la evolución del instituto. Desde aquellos días en los que las visitas se registraban con lápiz y papel, hasta la modernización con plataformas digitales y normativas técnicas precisas. Fue parte del cambio del Código del Menor a la Ley 1098 de 2006, que transformó el enfoque de protección infantil, equilibrando derechos y responsabilidades.
También vivió la transición de casas alquiladas a centros zonales estructurados, permitiendo una atención más cercana y organizada para las familias. “Al principio, trabajábamos por zonas, luego pasamos a localidades. Ahora el trabajo es más integral y eficiente”, explica.
Pero más allá de la infraestructura y los procedimientos, lo que más ha marcado a Eva es el impacto humano de su labor. Cada niño protegido, cada familia atendida, cada historia de resiliencia y esperanza ha sido su mayor recompensa.
Un amor que no se detiene
A sus 40 años de servicio, Eva está cerca de la jubilación. Pero en su corazón, retirarse no es una opción. “Si el ICBF me dice que siga, yo sigo. Porque esto es lo que amo, esto es lo que me gusta hacer”, afirma sin titubeos.
Para ella, el ICBF no es solo un trabajo; es una vocación que ha definido su vida. Su historia es un testimonio de entrega, de compromiso y de la certeza de que cuando se trabaja con el corazón, el impacto trasciende generaciones.
El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar seguirá adelante, con nuevas normativas, tecnologías y metodologías. Pero dentro de sus cimientos quedará el legado de personas como Eva Álvarez, quienes han hecho del servicio a la infancia su mayor propósito de vida.

