Por: Rubén Darío Álvarez P (*)
La primera vez que me preguntaron que con cuál personaje de la literatura me identifico, muchos nombres desfilaron por mi memoria. Pensé en Don Quijote, en Hamlet, en Gregorio Samsa y en el coronel de García Márquez, entre otros. Sin embargo, terminé respondiendo que con alguien que, aunque fue un personaje histórico, ha alcanzado una dimensión literaria y emblemática pocas veces igualada: Diógenes de Sinope.
Diógenes nació en el siglo IV antes de Cristo y fue el más célebre representante de la escuela cínica. Su filosofía era tan sencilla como revolucionaria: el ser humano necesita muy poco para ser feliz; y, en cambio, se esclaviza persiguiendo riquezas, honores y poder. Su vida fue un desafío permanente a las convenciones sociales.
Renunció a las comodidades materiales, convirtió un tonel en su vivienda y caminó por las calles de Atenas con una lámpara encendida en pleno día diciendo que buscaba un hombre verdaderamente honesto. Con ese gesto denunciaba la hipocresía de una sociedad que confundía las apariencias con la virtud.
Su nombre ha quedado asociado al cinismo, pero no al sentido moderno de la palabra. Hoy llamamos cínico al que actúa sin escrúpulos. Para Diógenes, en cambio, el cinismo era una invitación a vivir conforme a la naturaleza, libres de la vanidad, del lujo y de las falsas necesidades.
Vale destacar que la palabra “cínico” no significaba originalmente lo que entendemos hoy. Proviene del griego “kynikos”, que significa “perruno” o “como un perro”, nombre que recibieron Diógenes y sus discípulos porque llevaban una vida austera, despreocupada por las convenciones sociales y convencidos de que el ser humano debía vivir con la sencillez y la libertad de un perro, sin someterse a la codicia, al lujo ni a las falsas apariencias. Con el paso de los siglos, el término fue cambiando de sentido hasta designar a la persona desvergonzada. Esa transformación explica por qué hoy la palabra suele tener una connotación negativa, muy distinta de la filosofía que inspiró a Diógenes.
Lo admirable de Diógenes no fue únicamente lo que pensó sino el hecho de que vivió exactamente como predicaba. No escribió voluminosos tratados filosóficos, porque su obra fue su propia existencia.
Quizá por eso me siento cercano a él. Nunca me han impresionado demasiado los títulos, los cargos ni las ceremonias. He conocido personas que cambian su manera de caminar apenas reciben un nombramiento. De pronto hablan distinto, miran distinto y hasta parecen respirar distinto.
Siempre me ha parecido curioso que tantos seres humanos depositen su felicidad en un escritorio más grande, una tarjeta de presentación más elegante o un cargo con más poder. Diógenes habría sonreído frente a ese espectáculo.
No porque el trabajo o el éxito carezcan de valor sino porque dejan de tenerlo cuando se convierten en la medida de la dignidad de una persona. La grandeza de un ser humano no depende del lugar donde se sienta sino de la libertad con que vive.
La anécdota que mejor resume su pensamiento ocurrió cuando se encontró con Alejandro Magno, el hombre más poderoso de su tiempo. El conquistador había oído hablar de aquel filósofo que no poseía absolutamente nada y quiso conocerlo.
Alejandro encontró a Diógenes descansando tranquilamente bajo el sol. Sorprendido por su serenidad, le preguntó si podía hacer algo por él. El filósofo respondió con una frase que atravesó los siglos: “Sí. Apártate, porque me estás tapando el sol”.
Lejos de ofenderse, Alejandro quedó impresionado. Se cuenta que, mientras conversaban, el rey comentó que todavía le faltaban muchas tierras por conquistar. Diógenes le preguntó que entonces qué haría después de conquistar todas esas tierras. Alejandro respondió que, finalmente, descansaría. El filósofo sonrió con la ironía que lo caracterizaba y le dijo: “Y si al final de todo lo que buscas es descansar, ¿por qué no te sientas aquí conmigo y descansas de una vez?”.
En esas pocas palabras cabe una filosofía entera. Diógenes desenmascaró la paradoja humana: dedicamos la vida a correr detrás de metas cuyo premio final suele ser aquello que ya estaba a nuestro alcance.
No estoy diciendo que haya que abandonar los sueños o renunciar al esfuerzo. Lo que me atrae de Diógenes es su capacidad para recordar que el éxito pierde sentido cuando nos convierte en esclavos de él.
Vivimos en una época obsesionada con la imagen, los seguidores, los reconocimientos y las posiciones de prestigio. Tal parece que la existencia se midiera por la cantidad de aplausos recibidos. Diógenes nos recuerda que el aplauso más importante es el de la propia conciencia.
Confieso que muchas veces me he sentido un extraño frente a ese mundo donde el protocolo parece más importante que la autenticidad. Tal vez por eso la figura de aquel viejo filósofo sigue hablándome después de más de dos mil años.
No me identifico con Diógenes porque aspire a vivir en un tonel o porque quiera imitar todas sus extravagancias. Me identifico con su independencia de espíritu, con su desprecio por la vanidad y con esa libertad interior que le permitía hablarle, sin miedo y sin reverencias, al hombre más poderoso del mundo.
Quisiera terminar estas líneas con un poema que resume mejor que cualquier comentario el contraste entre el poder y la libertad. Se titula “Las dos grandezas”, de Ramón de Campoamor, un diálogo imaginario entre Alejandro Magno y Diógenes, que sigue conservando una vigencia admirable.
Las dos grandezas
Por: Ramón de Campoamor
El uno altivo, el otro sin ley,
así dos hablando están:
—Yo soy Alejandro el rey.
—Y yo, Diógenes el can.
—Vengo a hacerte más honrada
tu vida de caracol.
¿Qué quieres de mí? —Yo, nada;
que no me quites el sol.
—Mi poder es asombroso.
—Pero a mí nada me asombra.
—Yo puedo hacerte dichoso.
—Lo sé, no haciéndome sombra.
—Tendrás riquezas sin tasa,
un palacio y un dosel.
—¿Y para qué quiero casa
más grande que este tonel?
—Mantos reales gastarás
de oro y seda. —¡Nada, nada!
¿No ves que me abriga más
esta capa remendada?
—Ricos manjares devoro.
—Yo con pan duro me allano.
—Bebo el Chipre en copas de oro.
—Yo bebo el agua en la mano.
—¿Mandaré cuanto tú mandes?
—¡Vanidad de cosas vanas!
¿Y a unas miserias tan grandes
las llamáis dichas humanas?
—Mi poder a cuantos gimen,
va con gloria a socorrer.
—¡La gloria! capa del crimen;
crimen sin capa ¡el poder!
—Toda la tierra, iracundo,
tengo postrada ante mí.
—¿Y eres el dueño del mundo,
no siendo dueño de ti?
—Yo sé que, del orbe dueño,
seré del mundo el dichoso.
—Yo sé que tu último sueño
será tu primer reposo.
—Yo impongo a mi arbitrio leyes.
—¿Tanto de injusto blasonas?
—Llevo vencidos cien reyes.
—¡Buen bandido de coronas!
—Vivir podré aborrecido,
mas no moriré olvidado.
—Viviré desconocido,
mas nunca moriré odiado.
—¡Adiós! pues romper no puedo
de tu cinismo el crisol.
—¡Adiós! ¡Cuan dichoso quedo,
pues no me quitas el sol!
Y al partir, con mutuo agravio,
uno altivo, otro implacable,
—¡Miserable! —dice el sabio;
y el rey dice: —¡Miserable!
(*) Periodista, escritor y poeta
