Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Existe una anécdota poco conocida de Miguel de Cervantes Saavedra que merece ser recordada. A finales del siglo XVI, quien habría de convertirse en el autor de Don Quijote de la Mancha solicitó a la Corona española un cargo en las Indias que le permitiera establecerse en América. Entre los destinos figuraba Cartagena de Indias. La petición fue rechazada, pero el episodio revela un hecho elocuente: la Cartagena de entonces ocupaba un lugar tan relevante dentro del mundo hispánico que llegó a formar parte de las aspiraciones del escritor más universal de la lengua española. Pocas evidencias ilustran mejor la importancia estratégica, comercial y geopolítica que la ciudad ya proyectaba sobre el Caribe y el continente americano.
No era casualidad. Mientras Madrid consolidaba su papel político en la península, Cartagena emergía como uno de los principales nodos militares, comerciales y geopolíticos del continente americano. Su bahía, una de las más estratégicas del Caribe, la convirtió en punto de encuentro entre Europa, África y América. Por sus murallas circularon mercancías, ideas, culturas, conflictos y nuevos comienzos. Cartagena fue mucho más que una ciudad portuaria: fue un centro de gravedad del mundo hispánico.
Cinco siglos después, esa vocación permanece intacta.
En tiempos en que los países compiten no solo por recursos o poder militar, sino también por influencia cultural, reputación internacional y capacidad de atracción, cobra especial relevancia el concepto de soft power. Las naciones más influyentes del siglo XXI no son necesariamente las que más imponen, sino las que mejor proyectan su identidad, su creatividad y sus valores hacia el mundo.
Cartagena es, sin duda, una de las mayores expresiones del soft power colombiano y su principal plataforma de proyección internacional. Si el Ministerio de Cultura tiene como misión custodiar la memoria nacional, promover la diversidad y proyectar la identidad del país, pocas ciudades en el mundo reúnen tantas credenciales para albergarlo como la Heroica.
Su patrimonio arquitectónico y urbanístico, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad, constituye uno de los conjuntos históricos mejor conservados del continente. A ello se suman una riqueza ambiental excepcional, una gastronomía forjada por siglos de encuentros culturales y una tradición musical, literaria y popular que refleja, quizá como ninguna otra ciudad, la diversidad que define a Colombia.
También conviene recordar que Cartagena no fue solamente un centro cultural o militar. Durante siglos fue uno de los principales nodos económicos del continente americano. Por su puerto circularon mercancías, capitales, conocimientos, tecnologías y corrientes de pensamiento que conectaron a América con Europa y el Caribe. La historia del Galeón San José no es una simple curiosidad arqueológica; es el recordatorio de la centralidad que Cartagena tuvo en la construcción de la economía atlántica y, posteriormente, de Colombia. Su vocación como plataforma de intercambio y conexión internacional no es una aspiración futura: es una constante histórica.
Pero Cartagena no es únicamente memoria. También es presente.
Cada año la ciudad alberga algunos de los encuentros culturales, académicos y empresariales más relevantes del país. Festivales, congresos, espacios de creación artística y escenarios de diálogo global encuentran allí una sede natural. La ciudad que inspiró las páginas inmortales de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, sigue recordándonos que los grandes amores pueden esperar décadas para consumarse y que algunas ciudades pueden esperar siglos para ocupar un lugar permanente en la memoria de la civilización. En tal sentido, Cartagena sigue siendo uno de esos lugares donde Colombia encuentra una de sus expresiones más universales.
Y también es futuro.
Las ciudades más influyentes de nuestro tiempo no siempre coinciden con los centros formales del poder político. Jerusalén, Barcelona, Singapur, Nueva York o Dubái no alcanzaron su relevancia por decreto. En algunos casos ni siquiera son el principal centro administrativo de sus países, pero su peso histórico, económico, cultural, simbólico o geográfico terminó proyectándolas al mundo. En momentos decisivos, cada una supo reinventar su vocación y renovar su propuesta de valor. Cartagena ya tuvo uno de esos momentos en la historia. La pregunta es si estamos dispuestos a impulsar el siguiente. Porque el prestigio, la creatividad y la capacidad de conexión global también necesitan renovarse para seguir siendo formas de poder.
En este contexto, y en medio de la coyuntura política que atraviesa Colombia, vale la pena preguntarse si el país no debería repensar parte de su organización institucional y territorial. Durante décadas la centralización respondió a una lógica determinada y cumplió una función histórica. Hoy, sin embargo, los desafíos son otros. Las naciones más dinámicas son aquellas capaces de potenciar sus regiones, reconocer sus ventajas comparativas y ubicar estratégicamente sus instituciones allí donde su misión encuentra mayor coherencia. La verdadera descentralización no consiste únicamente en transferir recursos o competencias; consiste en construir sobre las fortalezas diferenciales de cada territorio.
Si el nuevo gobierno está dispuesto a avanzar en una verdadera descentralización del Estado, también podría atreverse a ubicar algunas instituciones allí donde su misión encuentre mayor coherencia estratégica. Pocas entidades tendrían una conexión más natural con su territorio que un Ministerio de Cultura establecido en Cartagena de Indias. Gran diferencia marcaría frente al gobierno que concluye, que hizo de Cartagena una sede frecuente de actos oficiales, pero no el destino de inversiones estratégicas acordes con su relevancia para el país.
No se trata de mover oficinas. Se trata de alinear la institución con el ecosistema donde su misión adquiere mayor sentido. Se trata de conectar la gestión cultural de la Nación con uno de los territorios que mejor sintetiza su memoria, su diversidad y su proyección internacional. Las tecnologías actuales lo permiten. La descentralización debe convertirse en una realidad y no en un simple principio administrativo.
Cartagena es, sin duda, una de las mayores expresiones del soft power colombiano. Lo verdaderamente innovador no sería construir esa realidad, sino reconocerla institucionalmente. No como un gesto simbólico, sino como una decisión estratégica de país.
Porque algunas ciudades son capitales por decreto. Y otras, como Cartagena, ya lo son por historia, por influencia y por el lugar que ocupan en la imaginación del mundo. Tal vez por eso resulta aún más elocuente recordar a Miguel de Cervantes Saavedra y la obra que lo consagró universalmente. Cuatro siglos después de Cervantes, y cuando Cartagena se aproxima al quinto centenario de su fundación, no parece haber mejor homenaje a la Heroica que asumir una gestión de la cultura a la altura de esa escala histórica: capaz de producir universos simbólicos capaces de trascender su tiempo y proyectar influencia global, como aquellos que hicieron de Don Quijote de la Mancha una de las grandes creaciones de la humanidad. Al fin y al cabo, el 1 de junio de 2033, fecha en que Cartagena cumplirá quinientos años, está mucho más cerca de lo que parece.
(*) Magíster en Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
