Por: Danilo Contreras Guzmán

Somos testigos, y además vivimos en carne propia, una época de cambios que definirán la supervivencia de la raza humana sobre el planeta y el futuro mismo de este diminuto rincón del universo, tal como lo hemos conocido hasta ahora.

Cartagena, como otras ciudades costeras del mundo, acusan mayor vulnerabilidad frente a los fenómenos naturales que enfrentamos por cuenta del calentamiento global. La prácticamente irreversible elevación de mareas por derretimiento de los casquetes polares, la acidificación de los océanos y la consecuente pérdida de la biodiversidad marina que afectará las cadenas de abastecimiento alimentario, la exposición a eventos ciclónicos cada vez más violentos, los riesgos de inundaciones producidas por ciclos de lluvias intensos cada vez más comunes o periodos de sequía que pueden afectar el abastecimiento de agua para la ciudad, la deforestación de que son objeto nuestros ecosistemas de bosque seco y del manglar que aún perduran de manera exigua pese a la gran presión que ejerce la urbanización desordenada o la pérdida de la biodiversidad aneja a todo lo anterior, son algunas de las manifestaciones del grave peligro que afrontamos; todo ello sin contar con las consecuencias que en materia de hambre, pobreza, concentración de la riqueza y de los pocos recursos disponibles se producirán ante este panorama que sin duda parece apocalíptico.

Al exponer lo anterior no hago cosa distinta que describir lo que día a día observamos en lo local, y en lo global, si nos seguimos por las noticias.

Una reflexión obligada frente a este panorama debe llevarnos a concluir que la manera como hemos concebido el desarrollo ha sido una fórmula de destrucción, en vez de bienestar, en la que el ser humano, de manera errónea, se ha concebido así mismo como “amo de la naturaleza” y no como parte de ella, de forma tal que al concebirse “amo”, ha creído fatalmente que puede destruir y modificar su entorno sin prever que ese proceder le traería las consecuencias que ahora padecemos. Esa es la realidad y no una exageración catastrófica del autor de estás prescindibles líneas.

Está claro además que las prácticas de la política tradicional y la manera como estas han determinado el gobierno de la ciudad, las cuales no sólo han sido ejecutadas por los políticos que ahora andan en trance electoral y por eso se acordaron otra vez de los electores, sino por los gremios económicos que son el poder tras el poder, no sirven para orientarnos hacia una nueva manera de concebir e imaginar el desarrollo, pues hasta ahora la idea de progreso que nos han “vendido” ha significado depredación.

Los ejemplos abundan. Basta mirar la Bahía interior envenenada y convertida en cementerio de barcos, por el emporio industrial que no para de producir ganancias ante la mirada famélica de la niñez cartagenera y de los padres y madres que no viven, pues no vive quien apenas hace para sobrevivir y para que la familia sobreviva en el día a día.

O el caso del proyecto de protección costera estructurado bajo un esquema de corrupción que todos conocen pero pocos denuncian, expresado en los famosos convenios interadministrativos del Distrito con nuestra alma mater, que funcionan sin interventoría, pero con mucha mediocridad e intereses creados. Producto de esa fórmula que ha dado a la luz diseños hechos a la medida de contratistas y “funcionarios competentes”, pero defectuosos frente al propósito de defender a la ciudad del embate del océano, observamos la parálisis del proyecto, que es la inversión más estratégica de la ciudad en este momento. Quienes hemos criticado está obra hemos sido fustigados por personajes y medios prestantes de la ciudad, señalándonos como palos en la rueda del “progreso”, pero la validez de las críticas están a la vista. Quien quiera ver que vea.

También sirve de ejemplo de esa mala manera de entender el desarrollo, la forma como los poderosos urbanizadores y dueños de conglomerados turísticos y hoteleros, desecan humedales y ciénagas, rellenan canales y arroyos y sellan indiscriminadamente con pavimento las pocas áreas verdes que nos quedan en el perímetro urbano y en el área Metropolitana, donde la floresta y las fuentes hídricas están siendo avasalladas por proyectos agresivos aupados desde las administraciones, como sucede en Cartagena, obviamente, o en el vecino municipio de Turbaco.

Esa manera de gobernar que nos ha impuesto la dirigencia tradicional, repito, no sólo la política, sino la gremial, no puede continuar; simple y llanamente porque nos conduce al precipicio de la destrucción, el retraso y la premodernidad. No pueden continuar tan campantes en el poder quienes privilegian los intereses de unos pocos dando la espalda a los intereses de las mayorías y el interés de la preservación y la sostenibilidad de los ecosistemas.

Los políticos tradicionales han demostrado imperdonable ignorancia frente a los propósitos del desarrollo sostenible y en consecuencia nada podemos esperar cómo ciudadanía de los vástagos de los clanes políticos que se eligen y se reeligen cada cierto tiempo, con el vulgar argumento de la “tula” y la “chequera”. Ellos y ellas, quienes han persistido en hacer la política como un ejercicio meramente mercantil, no pueden y no deben liderar en estos tiempos de transformaciones globales. Más grave es que algunos que se proclaman abanderados de las causas Progresistas anden por ahí promocionando liderazgos que nada tienen que ver con una idea nueva del progreso, alegando el embeleco del tal “frente amplio”, que no dudo en calificar de engaño a las ciudadanías libres de la región.

Dudo que estas líneas tengan la capacidad de llegar, y mucho menos mover, a toda esa gran masa de ciudadan@s libres, reflexiv@s e independientes, que permanentemente se expresan en las elecciones en Cartagena y que últimamente, bajo el influjo de la indignación y la idea de castigar a los clanes políticos le dieron el triunfo a William Dau, saliendo a votar sin que le pagarán el voto ni el transporte al puesto electoral, pero conservo la esperanza de que entre algunos de los escasos lectores de estas líneas, el buen sentido y la ilusión que pareció verse frustrada por el errático proceder del mandatario saliente, se volverá a expresar y escogerá entre las propuestas programáticas de los abundantes candidat@s a la alcaldía aquella que nos devuelva como propósito colectivo que Cartagena Progresa pero bajo nuevos paradigmas de verdadero y honesto cambio.

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