Por Danilo Contreras Guzmán

Aunque no parece una sugerencia seductora en la era de los influencers y el tik tok, bien vale asumir una perspectiva histórica para tratar de entender las complejidades del presente a partir de las experiencias del pasado.

Después de 10 mil años de agricultura que ha significado el asentamiento de seres humanos conviviendo en ciudades o pequeños poblados con todo lo que eso ha implicado en permanentes guerras y penurias sin resolver, la historia relativamente reciente de las civilizaciones da cuenta de sociedades que han podido alcanzar importantes niveles de bienestar y concordia.

Piketty en su Capital e ideología alude al periodo que va de 1950 a 1980 “que se considera la edad de oro de la socialdemocracia”, donde la “desigualdad de rentas se situó en niveles significativamente menores que la registrada en otros periodos históricos”, lo que se explica por “un conjunto de políticas fiscales y sociales que permitieron estructurar sociedades más igualitarias y, al mismo tiempo, más prosperas que en todas las sociedades precedentes”.

Como paradigma de tales sociedades Piketty cita el caso de Suecia, donde “un partido oficialmente socialdemócrata, ha estado en el poder casi ininterrumpidamente desde principios de la década de 1930 hasta los años 2000-2020…Se trata del país socialdemócrata por excelencia, en el que esta ideología ha podido experimentarse de forma más completa…”.

El asunto es más sorprendente si se considera que Suecia y el resto de países escandinavos, que le igualan en cifras de bienestar, hasta hace algo más de 200 años se trenzaban en guerras fratricidas permanentes.

Pero al intentar profundizar en el análisis de esta última circunstancia referida al talante bélico que los antiguos vikingos abandonaron masivamente, surge que los cambios no han tenido lugar de un año a otro, sino como parte de un proceso histórico persistente que, como cuenta Piketty, inició con políticas socialdemócratas a partir de los años 30 del siglo XX, para consolidarse en la denominada era dorada de la segunda postguerra.    

La evidencia sociológica demuestra además, que el cambio no fue solo el simple producto de la promulgación de reformas tecnocráticas con el sello de excelencia de la justicia social fundada en solidaridad fiscal, sino que en el sustrato de las transformaciones ha tenido lugar un movimiento popular mucho más fuerte y profundo de carácter cultural que removió paradigmas individuales y colectivos y logro instaurar una idiosincrasia nueva e igualitaria, liberada de toda expresión de violencia.

Está documentado que justamente por la década de los años 30 del siglo XX el escritor danés Aksel Sandemose planteó en una de sus obras una especie de decálogo de principios éticos basados en la idea de la igualdad de los seres humanos en la sociedad agrupados bajo el nombre de “ley de Jante” que podría resumirse en la convicción de que nadie puede pensar que es superior al otro.

Asombrosamente, tales principios NO consagrados en un texto legal o constitucional, se convirtieron en una especie de código social respetado de forma generalizada, con lo cual se han facilitado las transformaciones y el encomio de la idea de la solidaridad.

Yo recuerdo que en alguna conferencia, Carlos Gaviria Díaz argumentando que la democracia NO podía ser un sistema de privilegios que permitía expresiones prosaicas como aquella alegada por ciertos personajillos para evadir la ley (“Usted no sabe quién soy yo…”), atestiguaba con honesta admiración este fenómeno socio cultural narrando las anécdotas vividas durante un viaje a Suecia en donde se había percatado que el lujo allí era casi una vulgaridad. La moderación que es una virtud tan escasa y desdeñada en nuestro medio, era un loable paradigma del comportamiento en aquel país.

Hoy, a 33 años de la promulgación de la Constitución de 1991, que el mismo Carlos Gaviria defendió e interpretó de manera fidedigna y progresista, nos planteamos removerla sin haberla aplicado con integridad, bajo el criterio de la necesidad de reformas que sin duda son inaplazables para lograr lo que Adela Cortina llama mínimos de justicia, pero sin intentar cambiar los paradigmas que en vez de incentivar la idea de la igualdad para la dignidad y la solidaridad, imponen aún lemas traquetos y corruptos expresados en frases como:  “marica el último”; o aquella espuria patente de corso: “Que robe pero que haga”; o aquel consejo dudoso del padre al hijo que hemos normalizado:  “Mijo haga plata, no importa cómo, pero haga plata”.

Lo cierto, aterrizando en el terreno práctico de la coyuntura política, es que la promesa que estructuró el voto programático que con convicción deposité por el presidente Petro, incluía hacer cumplir la Constitución del 91, sin someter al país a la incertidumbre de asambleas constituyentes que han significado malas experiencias en el vecindario y que algunos sectores que representan viejos paradigmas en nuestra cultura política, esperan con avidez para intentar debilitar la idea del Estado Social de Derecho, para remplazarlo por un Estado autoritario que les siga asegurando privilegios y trampas.

En todo caso me parece, aquí desde la cocina, que tanto el señor presidente como el nuevo ministro de gobierno están tirando varilla con el cuento de la constituyente y eso no le sirve al país.

Un cambio profundo en la cultura política nacional podría empezar por el respeto a las promesas de campaña.

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