Rodolfo Díaz Wright

Nos hemos acostumbrado los colombianos, a que nuestro país figure en posición destacada en cuanta lista, mala o buena, se publica, señalando virtudes o defectos de los países, que no de sus ciudadanos que son, en últimas, los responsables directos de la ocurrencia de las vainas raras que publican los expertos.

Aparecemos en la lista de los más felices, de los más desiguales, de los más violentos y más corruptos, de tener la mejor gastronomía y las mujeres más lindas, la gente más amable, en fin, de cuanta vaina se les ocurra.

Nosotros, que no somos pendejos, festejamos y defendemos a ultranza todos aquellas clasificaciones que nos favorecen y condenamos, como endemoniados, aquellas que nos califican mal, alegando, casi siempre, que los malos son otros, generalmente, Venezuela, Nicaragua o Cuba, países comodines, que, extrañamente, también tienen diferencias políticas irreconciliables con lo que creemos que es bueno.

Las famosas listas, que, por supuesto, parecen más campañas publicitarias de segundas intenciones y que carecen, en su mayoría, de rigor investigativo y científico, poco a poco se han ido perrateando, sobre todo porque a veces es evidente que sus apreciaciones, no corresponden, en nada, con la realidad de los países destacados en sus categorías. ¿O es que alguien aun cree, seriamente, que Colombia es el país más feliz del mundo?

Lo que si nunca han analizado las famosas clasificaciones es la lista de países más y menos coherentes del mundo. Ahí, estoy seguro, ganaríamos en ser el más incoherente, algo que varias veces ha sido comprobado hasta la saciedad:

Nos gastamos 60 años, rogando, en cuanta misa íbamos, para que el país, finamente lograra la anhelada paz. Sin embargo, el día que se les pidió a los colombianos pronunciarse a favor de lo que tanto habíamos rogado y esperado, el país votó a favor de la guerra. Todavía el mundo no se recupera, de haber presenciado uno de los episodios más absurdos de que tenga conocimiento la humanidad.

Amamos la vida a rabiar y luchamos, permanentemente, por su bienestar y conservación, pero, después de que la gran mayoría de los países del mundo pusieron fin a la pena de muerte, nosotros iniciamos una gran campaña de recolección de firmas, para imponerla en nuestro país, a través de todas las maromas que fueran necesarias, para eliminar el artículo 11 de la Constitución que declara que el derecho a la vida es sagrado.

No es de extrañar entonces ver pobres, defendiendo a los ricos que los mantienen sin educación, salud y tierras y, para completar, 15 y más años pagando intereses. Ver, indios, blanquitos y negros, defendiendo discriminadores raciales, minorías sexuales apoyando homófobos y feministas hasta la muerte, luchando para que los acosadores y misóginos de la edad media sean quienes los gobiernen.

En fin, que bueno que los clasificadores piratas, aun no han invadido esos terrenos de la incoherencia, en los que también saldríamos mal librados, aunque seguramente con el consuelo de que los gringos eligieron al mono Trump, que era peor.

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