Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
El 11 de octubre de 1968, el reloj marcaba las dos de la tarde cuando la vida de un niño cambió para siempre. Juan Batista Pautt Schorborz, como si lanzara una bola perfecta, invitó a su hijo a ser la mascota del equipo Telecartagena. Aquel pequeño de apenas diez años sintió que le abrían las puertas del paraíso beisbolero. En Cartagena, donde hasta el viento caribe traía ecos de batazos, ser parte del equipo era como alcanzar las Grandes Ligas.
Desde ese instante, Juancho, como lo llamaban, se entregó al béisbol con la devoción de un jardinero cuidando su pradera. Un año después, mientras escuchaba a Napoleón Perea en Radio Reloj, la noticia de que los Buitres de Crespo buscaban peloteros le encendió la chispa de la ilusión. Sin pensarlo dos veces, caminó desde Canapote hasta el estadio Miguel Medrano, cruzando barrios que no estaban hechos para un niño como él. En una Cartagena dividida por colores y apellidos, la policía lo detuvo, pero al enterarse de su propósito, lo escoltaron al estadio como si ya lo vieran enfundado en el uniforme de los grandes.
Allí, entre los titanes de la época –Carlos y Enrique Ceballos, y el estricto Manuel Antonio Roa–, Juancho afirmó con seguridad: “Yo juego todas las posiciones, menos la de cátcher.” No había guantes que le calzaran, pero su determinación ya era su mejor manilla. Aún recuerda cómo ese día engañó a los entrenadores usando los papeles de su primo Simón Correa. Cuando el señor Roa descubrió el truco, lo apartó del equipo infantil, pero lo mandó a la categoría junior, donde empezaría a brillar como la estrella que siempre fue.
Un brazo que pintaba sueños en el aire
“Ese día me pusieron a lanzar y metí puro strike”, cuenta Juancho entre risas. Desde entonces, el estadio fue su segunda casa, y la pelota, su compañera fiel. De día practicaba con un aro en su casa, lanzando una y otra vez como si en cada tiro definiera el último out de un juego decisivo. Y así fue que, con su propio sudor, forjó el brazo prodigioso que lo llevaría a ser uno de los mejores jardineros que haya visto Colombia.
Ya no era solo un niño con pantalones remendados; ahora era un príncipe de los diamantes, como lo bautizó el narrador deportivo Luis Alberto Payares Villa. Los enfrentamientos entre Conastil y Colpuertos fueron su consagración. Estaba allí, en la “catedral” del béisbol cartagenero, cuando por primera vez sintió el rugido de miles de voces. “Yo lancé cinco entradas y ponché a nueve. Ganamos 6 a 1, y desde ese día los managers de primera categoría me empezaron a seguir”.
Los duelos que forjaron leyendas
Los juegos entre Conastil y Colpuertos eran épicos, la clase de enfrentamientos que dejaban ecos de hazañas en las gradas. En una final memorable, Juancho se encontró en el plato con Reynaldo Contreras, un lanzador legendario. “Yo esperaba una recta, pero me lanzó una curva mal rota. La bola salió disparada y sonó en toda Cartagena. Fue jonrón. Ganamos el partido, y me sacaron en hombros del estadio”, relata con una sonrisa de nostalgia.
De Cartagena al Big Show
En 1978, el béisbol le abrió las puertas del mundo. Juancho fue firmado por los Medias Rojas de Boston, con un bono de 5.000 dólares. Su primera travesía a Miami estuvo cargada de anécdotas: el avión lo dejó, no entendía inglés y terminó compartiendo cuarto con Carlton Fisk, quien lo recibió con una lluvia de improperios. Sin entender palabra, Juancho se tiró en la cama con todo y ropa, durmiendo como si fuera el out más difícil de su carrera.
Al día siguiente, con el uniforme de Conastil todavía puesto, caminó hasta el estadio de los Medias Rojas, donde por fin comenzó su entrenamiento. En la Liga de la Florida, conectó 72 hits en 102 juegos, demostrando que su talento no era cuento de barrio. Sin embargo, a pesar de sus hazañas, nunca llegó al equipo grande. “Todavía no sé por qué no me llamaron. Algunos dicen que fue racismo, otros que indisciplina, pero yo hacía mi trabajo”, comenta, encogiendo los hombros como quien acepta el destino con la elegancia de un jardinero que deja caer una bola imposible.
Una historia grabada en el alma del Caribe
Simón Correa, el primo que le prestó su nombre, todavía guarda la camiseta de los Medias Rojas con el número 15 y la firma de Juancho Pautt, ese príncipe sin corona que dejó su huella en cada estadio que pisó. Aunque nunca llegó a la Gran Carpa, su nombre resuena en las leyendas del béisbol colombiano, donde los aficionados aún recuerdan la potencia de su brazo y los duelos épicos que protagonizó.
Hoy, radicado en Medellín, Juan Pautt sigue mirando hacia atrás con la ilusión intacta. A veces, mientras se balancea en su mecedora, mueve el brazo como si aún estuviera lanzando en busca de ese último strike. Porque los sueños, como las buenas pelotas, a veces se quedan flotando en el aire, esperando un swing perfecto para hacerse realidad.
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