Si algo hace sentir orgullosa a la izquierda es la cantidad de votos que obtuvo su candidato Iván Cepeda en las pasadas elecciones presidenciales: cerca de 350 mil en Cartagena. Sin embargo, la pregunta que hoy se impone es si un aspirante de izquierda a la Alcaldía lograría repetir esa votación. El problema es que muchos dentro de ese sector político se consideran dueños de esos votos y están convencidos de que volverán a obtenerlos sin mayor esfuerzo.
El panorama en Cartagena muestra fisuras: un exconcejal como Javier Julio Bejarano observa de lejos a la izquierda y evalúa lanzarse por firmas, al no ver garantías en el proceso electoral. Por otro lado, el excongresista Fernando Niño aparece como carta de los progresistas, con respaldos que parecen alinearse hacia él, aunque carga con el peso de haber traicionado al Partido Conservador, lo que lo hace poco confiable ante los ojos de muchos cartageneros.
A esto se suma el curioso triunvirato visto días atrás en inmediaciones del Centro de Convenciones: La Mariamulata, Dau y Armando Córdoba. La percepción ciudadana es clara: ninguno de los tres supera los 100 mil votos. La izquierda, entonces, se encuentra embolatada, intentando pagar promesas con camándula ajena y olvidando una verdad elemental: los votos no se endosan.
El contexto político local también refleja un desgaste en la narrativa de la izquierda. Los discursos que antes movilizaban multitudes hoy parecen repetitivos y poco conectados con las necesidades inmediatas de los cartageneros quienes, en su mayoría, reconocen que la administración de Dumek Turbay ha dejado resultados visibles y tangibles en la ciudad.
Obras en marcha, proyectos sociales y una gestión que ha sabido mantener estabilidad. Estos son elementos que generan confianza en la ciudadanía. Por eso, la consigna que se escucha con fuerza en las calles es continuidad, porque la gente no quiere retrocesos ni improvisaciones, sino que lo avanzado se consolide y se proyecte hacia el futuro.
Además, la fragmentación interna es evidente. Mientras unos sectores insisten en mantener la bandera de la pureza ideológica, otros buscan alianzas pragmáticas que terminan debilitando la credibilidad del movimiento. Esa falta de cohesión se traduce en incertidumbre electoral y en la percepción de que la izquierda no tiene un proyecto claro para gobernar la ciudad.
La izquierda cartagenera enfrenta un dilema crucial. No basta con recordar los votos de Iván Cepeda ni con confiar en que la historia se repetirá. La política local exige liderazgos sólidos, propuestas claras y credibilidad. Si la izquierda no logra superar su dispersión y su exceso de confianza, corre el riesgo de quedarse embolatada en su propio laberinto, viendo cómo sus votos se evaporan en manos de otros actores políticos.
